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Benetton vs. Mapuche: Crónica de un
día de victoria
28 de mayo, 2004
Primera parte de un resumen del juicio
de Bemetton contra el pueblo Mapuche.
Terminó en Esquel el juicio de Benetton
contra la familia Mapuche Curiñanco-Nahuelquir. El matrimonio
indígena había sido acusado por la Compañía
de Tierras del Sur Argentino (CTSA), propiedad del grupo italiano,
de usurpar 530 de las 900.000 hectáreas que éstos
tienen en la Patagonia.
Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir
habían ocupado en Agosto del 2002, tierras que ellos consideraban
fiscales propiedad del estado- para hacer un emprendimiento
familiar, pero a pocas semanas de comenzar a trabajar, una denuncia
del administrador de la estancia de los Benetton, derivó
en un violento desalojo y en la destrucción del trabajo que
la familia había realizado durante un mes.
Sin embargo, no se trataba simplemente de
un litigio por un pedazo de tierra entre una familia originaria
y una empresa transnacional. En cada testimonio, en los alegatos
de los abogados, y en el rostro de los dos centenares de representantes
de comunidades Mapuche presentes, se reflejaba una profunda discusión
sobre la relación entre pueblos originarios, terratenientes,
estado y justicia.
El periodista es por definición un
analista del día, y muchas veces tenemos el privilegio de
asistir a acontecimientos históricos. Ayer fue uno de esos
días. Por eso, creemos tener derecho de tomarnos la licencia
de mostrarlo en extenso. Por ser una discusión larga y compleja,
la dividimos en dos partes. En esta primera entrega damos cuenta
de la discusión penal; si los Curiñanco son o no culpables
de usurpación. En una segunda, ahondaremos en la discusión
civil; quienes tienen, según la justicia, mejores derechos
sobre esa tierra, algo que se va a terminar de definir el Lunes,
cuando el Dr. Eyo, juez de la causa, haga publica la sentencia que
le llevará cinco días escribir. Pronto estará
disponible, también, el alegato completo del Dr. Gustavo
Macayo, el defensor de la familia.
Lo que sigue es la primer parte de un testimonio
del día en que una familia y un pueblo le torcieron el brazo
al estado y a la voracidad de uno de los nuevos dueños de
La Patagonia.
- Una familia Mapuche
en el banquillo.
El juez lee los cargos; se los acusa de despojar,
mediante el uso de la violencia, a la Compañía Tierras
del Sur Argentino (CTSA) de parte de su propiedad, delito calificado
como usurpación. En la sala hacen silencio los cerca de 200
Mapuche, estudiantes y vecinos que llegaron de todas partes para
presenciar el juicio. El tribunal se trasladó al casino de
oficiales de la Policía, un salón que generalmente
se utiliza para cumpleaños de 15.
Rosa Nahuelquir y Atilio Curiñanco,
los acusados, son los primeros que tienen que dar testimonio.
El año pasado, luego que de el conflicto
comenzara a tener repercusión nacional e internacional, representantes
de Benetton les habían ofrecido un acuerdo: si renunciaban
a la tierra, ellos retiraban los cargos por usurpación, y
todo quedaba en el olvido. Pero para el matrimonio Mapuche, no había
vuelta atrás; ellos hablaban con su verdad, con palabras
simples y sinceras, y no iban a aceptar que se los trate como delincuentes.
No quisieron el trato, que consideraron otro intento de humillación,
y allí estaban ahora, en el banquillo de acusados, señalando
a los terratenientes y al estado de no respetar los derechos de
los pueblos originarios.
Rosa habló primero, con palabras pausadas
y espontáneas; ni ella ni Atilio habían preparado
su declaración. No hace falta -nos dijo ella- yo tengo
bien claro lo que tengo que decir: la verdad. Durante los
últimos días, los vimos organizar el alojamiento y
cocinar para sus hermanos y hermanas que vinieron desde varios puntos
de la región para acompañarlos. Ambos fueron los anfitriones
de más de un centenar de campesinos, ancianos y niños
que bajaron de la cordillera, dejaron sus comunidades y a sus familias
para darles fuerzas y solidaridad en un momento definitorio de su
lucha.
El martes por la mañana, antes del
amanecer, en las afueras de la ciudad de Esquel, los Mapuche se
habían congregado para hacer un Nguilliatum, una ceremonia
tradicional para conectarse con las fuerzas de la naturaleza de
la que se sienten parte. Allí, Rosa y Atilio recibieron el
abrazo de sus hermanos, y sobre todo de los ancianos. Con lágrimas
de emoción en los ojos, poco después de un amanecer
brumoso y radiante recibieron los consejos y la fuerza de los Lonko
(autoridades Mapuche). Doña Celinda los ungió a ambos
con Muday, una bebida tradicional Mapuche, y les regaló palabras
en la lengua secreta de la tierra. El Lonko Segundino, que para
acompañarlos regresó después de 72 años
a Esquel, les dio su fuerza apoyando el cuchillo que lo acompaña
desde hace casi un siglo en el pecho.
Ahora, frente al frío estrado del
tribunal, esa fuerza se convertía en palabras. Rosa y Atilio
contaron como, al quedar desocupados, decidieron volver a la tierra
para trabajarla con el poco capital que representaba su indemnización.
En Febrero del 2002 presentaron en el IAC (Instituto Autárquico
de Colonización) una nota solicitando ocupar un predio fiscal
llamado Santa Rosa, muy cerca del lugar donde había nacido
Atilio, en las inmediaciones del casco de la Estancia Leleque, propiedad
de la CTSA. Explicaron cómo, seis meses después de
ese pedido, y en base a la respuesta oral del organismo, fueron
a la comisaría de El Maitén para declarar que iban
a ocupar el terreno. Luego se pusieron a trabajar.
Nosotros no cortamos ningún
alambrado. No había nada allí- explicó Atilio-.
Yo soy nacido en el lugar y lo conozco muy bien. Entramos de día,
no hizo falta violencia
Nunca nadie utilizó ese predio.
Esto nos ha sorprendido porque no nos han respetado
es notorio
que siempre sea con los humildes, es una prueba de como nos tratan,
igual que a nuestros antepasados. Yo con esto me siento tocado moral
y materialmente, porque perdí todo y no se si lo voy a poder
recuperar. Rosa también dijo que Me acusan de
usurpar mi propia tierra, yo nací en esta tierra, no nací
en Italia
no me pueden venir a acusar de usurpadora.
Luego de sus declaraciones, comenzaron a
desfilar los 17 testigos que habían jurado o prometido decir
toda la verdad, y nada más que la verdad.
- Los testigos
El primero en declarar fue el administrador
de la estancia de los Benetton, llamativamente llamado Ronald Mac
Donald. Su testimonio era uno de los centrales, porque en base a
su denuncia se habían formulado los cargos contra los Curiñanco.
Sentado frente al juez, quizás traicionado
por los nervios, o simplemente porque la empresa había cambiado
de estrategia, se desdijo de lo declarado con anterioridad: que
los Curiñanco habían cortado el alambrado para entrar
al predio, que habían ingresado a la noche y que se habían
instalado frente a los arbustos para no ser descubiertos. En su
nueva declaración ya no había visto alambrados cortados,
simplemente una tranquera (puerta) precaria, y había detectado
la casa desde arriba de su vehículo, en la ruta.
Le siguió un empleado de la CTSA,
un puestero (cuidador) de apellido Nahuelquir el mismo de
la acusada- que desde hace 30 años trabaja en la estancia.
Su supuesto testimonio había sido citado en varias por Mac
Donald y por el abogado de La Compañía para acusar
a los Curiñanco de usurpación.
Frente al tribunal, nada de lo que se le
había adjudicado se repitió. Con mucha honestidad,
el anciano peón declaró que desde su puesto de vigilancia
había visto como entraban los Curiñanco al predio.
Cuando se le preguntó por los alambres cortados lo
que demostraría que los ocupantes habían utilizado
la violencia- dijo que no vio ninguno, y que para él habrían
entrado por la tranquera o saltado el alambrado. También
explicó que antiguamente, la única función
que cumplía ese predio era la de alojar a los caballos de
los peones que iban a la CTSA para buscar trabajo. Como no les permitían
entrarlos a la compañía señaló
otro testigo- los dejaban ahí.
Ambas declaraciones causaron reacciones muy
diferentes. En Rosa Nahuelquir despertó la primer sonrisa
del día; a poco de empezar el juicio, ya se comenzaba a caer,
en boca de sus principales acusadores, el rosario de mentiras que
la habían señalado como usurpadora. Pero afuera de
la sala, y del otro lado de la historia, dos jóvenes asesoras
de prensa de la CTSA daban vuelas en círculos y no paraban
de quejarse en sus comunicaciones por celular que los primeros testigos
presentados por ellos habían declarado mal.
Los testimonios que siguieron fueron convirtiendo
el tribunal en una nebulosa que por momentos parecía montar
¿o revelar?- la puesta en escena en un teatro absurdo.
La discusión del alambre si lo habían cortado
o no- no era una cuestión menor a los efectos de los cargos
que se imputaban contra el matrimonio. Y no sólo porque la
tierra ocupada por Benetton es una provincia alambrada; sobre todo,
porque si se demostraba que la familia Mapuche los había
cortado se fortalecían los cargos de usurpación.
Los agrimensores, cuyos testimonios serán
analizados en la segunda parte, demostraron sólo lo que luego
señaló la defensa: que ninguno de ellos puede hablar
contra los terratenientes porque todos, tarde o temprano, tienen
que trabajar para ellos.
También declararon directivos y empleados
del IAC, que contaron como la familia se había presentado
a averiguar por la tierra en ese organismo, y que su pedido nunca
había sido respondido por escrito. Igualmente, deslindaron
toda responsabilidad y negaron haberle dado permiso a los Curiñanco
para ocupar el predio. Con notable rencor, develado por el tono
despectivo de sus palabras, demostraron ante las preguntas
de las partes- desconocer la ley de tierras indígenas, y
en especial la que ordena al organismo la participación de
los pueblos originarios en las decisiones que atañen a esas
tierras. Ricardo Rojas incluso llegó a afirmar causando
risas y comentarios entre el público- que en la provincia
no hay tierras fiscales desocupadas. Declaró que si las hubiera
todos tienen que tener la misma oportunidad, porque todos
somos argentinos, dejando entrever su adhesión a las
teorías racistas que descalifican a los pueblos originarios,
negando las leyes que los reconocen preexistentes al estado argentino.
Un corresponsal de Indymedia Argentina, Hernán
Scandizzo, contó en su declaración que en la investigación
periodística en la región, se descubrió una
política de apropiación sistemática de territorios
indígenas por parte de la CTSA. Enumeró testimonios
actuales e históricos, recogidos en Vuelta del Río,
en Leleque donde se descubrió una reserva indígena
alambrada y con restos de lo que alguna vez fue una casa- y en otras
zonas donde se repite la misma situación: indígenas
despojados de sus tierras tradicionales por terratenientes como
Benetton.
También ratificó lo que habían
afirmado varios testigos; que el predio estaba abandonado, que los
alambrados estaban caídos y que las únicas mejoras
visibles pertenecían matrimonio Curiñanco-Nahuelquir.
Otro testimonio revelador fue el del oficial
de policía Eduardo Quijón, conocido en la zona como
un hombre de los terratenientes, presente en cuanto desalojo, apriete
o acusación haya contra los pobladores Mapuche. El oficial
tuvo problemas para explicar por qué escribió en un
acta que Atilio Curiñanco había cortado el alambrado
para entrar el predio. Reconoció que no los había
visto en el momento en que supuestamente lo hacían, y que
sólo encontró un hilo cortado de los siete que tiene
el alambrado oxidado, podrido, caído (así
lo calificó otro testimonio) que rodea al lugar. Su testificación
fue corta pero aleccionadora; el montaje, la parcialidad en las
actas que se labran durante los operativos contra las familias humildes,
son prácticas de uso corriente en la región.
- Los alegatos
Martín Iturburu Moneff es el abogado
de Benetton, o de la CTSA. La duda corre por su cuenta; siempre
sostiene que la CTSA, que todos saben es del grupo italiano, es
una empresa nacional, y que como se trata de una sociedad anónima,
nadie conoce quienes son los dueños. Para demostrarlo, con
un dejo de ironía, durante todo el juicio lució una
escarapela celeste y blanca. Todos los representantes de Benetton
-los que eran simpáticos y los que no- usaban la misma identificación,
a pesar de que las fiestas patrias habían terminado el día
anterior.
Su alegato terminó de demostrar un
cambio en la estrategia de los Benetton. Si antes hablaba de clandestinidad
y violencia por parte de la familia Curiñanco-Nahuelquir,
ahora se trataba de aparente negligencia. Comenzó
su larga alocución diciendo que aquí hay una
cuestión penal y una civil, que es la que a nosotros nos
interesa. Somos ajenos a la acción penal, quiero que quede
absolutamente claro. En realidad, con esto volvía sobre
sus propios pasos; los cargos penales por usurpación, se
basaron en los escritos que él mismo presentó y que
ahora, a la luz de los testimonios, se volvían insostenibles.
Explicó que cuando uno compra un pullover-
¿ejemplo casual?- primero averigua de que está hecho,
quién lo hizo y cuánto sale, para luego decir que
en este caso era lo mismo; que los Curiñanco podrían
haber tomado recaudos para saber si se trataba de un predio fiscal
o no. Si bien reconoció que habían ido a hacer una
exposición policial antes de entrar al predio, supuso que
no se habían presentado con eso al IAC porque sabían
que les iban a decir que no. Para él, como mínimo
se trató de un caso de negligencia, que había
terminado en un echo lesivo, un daño para la CTSA.
Luego ahondó en el problema de las mensuras y los títulos
de propiedad- cuestión que abordaremos en la segunda entrega-
conclyendo que los Curiñanco tenían conocimiento
de que era propiedad privada.
Siguió el testimonio del fiscal, representante
del estado y encargado de determinar qué delito se cometió
y formular los cargos. Pero esta vez, en forma inédita, su
alegato se convirtió en una encendida defensa de la familia
Mapuche. Señaló que para que exista el delito tipificado
como usurpación, tenían que darse por lo menos una
de cinco condiciones: la clandestinidad, el engaño, el abuso
de confianza, la violencia o la amenaza. Punto por punto demostró
que en base a los testimonios y las pruebas aportadas, ninguna de
esas características se ajustaban a lo actuado por la familia
Mapuche, y que, por lo tanto, tenían que ser sobreseídos.
El público recibió su intervención
con aplausos, que se multiplicaron cuando el juez señaló
que si la fiscalía no presentaba cargos, él no tenía
mas que dictar el sobreseimiento de la familia. Sólo faltaba
definir la cuestión civil; de quién era la tierra.
La tensión que reinaba en la sala
y la preocupación reflejada en los rostros se disiparon con
una dosis de ternura. Mi cliente señaló
uno de los defensores, el Dr. Hualpa- quiere ir al baño.
Creo que puede ir porque ya no está imputado. La ocurrencia
generó sonrisas entre el público, gritos de ¡Marici
Weu! con los puños en alto, y una explosión de abrazos
y lágrimas contenidas a lo largo de más de un año
de lucha.
El juez no pudo más que dictar un
cuarto intermedio de unos minutos. Afuera, al ritmo del kultrum
y un canto hermoso y profundo de Doña Celinda, las ancianas
que estaban presenciando el juicio comenzaron a bailar con pasos
cortos, tomadas de la mano y contestando los gritos y sonidos de
los hombres que tocaban instrumentos de viento propios de la cultura
Mapuche. En sus bocas se dibujaban sonrisas y no pocas lágrimas;
era un baile de alegría, de lucha y de dignidad.
Juntos habían cuestionado, de cara
al país y al mundo, un mecanismo típico en la región;
desalojar por las dudas a las familias humildes, para luego discutir
judicialmente si son o no dueños de la tierra. Una práctica
de conquista y rapiña que se viene repitiendo desde la conquista
del desierto, y que escribió no pocas páginas
de sangre y resistencia en esta región.
Luego de los últimos 10 años
de lucha, hace menos de un mes, el juez Collabelli el mismo
que había actuado en esta causa- fue destituido por procedimientos
como éste. En sus fallos, los desalojados son siempre las
familias Mapuche, a las que se les niega el derecho a defenderse
y se condena al despojo antes de ser sentenciados.
Los Benetton, con su denuncia, se habían
amparado en ese procedimiento para desalojar a la familia Curiñanco,
e incluso el vocero de la compañía, Federico Sartor,
se había jactado en una respuesta a nuestros artículos-
dos meses antes del juicio- que la sentencia ya estaba dictada.
Ayer los Mapuche terminaron de poner sobre
la mesa esa práctica, dejando claro también que la
constitución, que dice que los pueblos originarios deben
tierras aptas y suficientes para su desarrollo, hasta ahora es sólo
papel mojado.
Quizás hayamos sido testigos del comienzo
del fin de muchas cosas, entre ellas la doctrina Benetton-Collabelli.
Esa que dice que los poderosos siempre tienen la razón.
Por Sebastian Hacher ((i))
sebastian@riseup.net
Fuente: http://argentina.indymedia.org/news/2004/05/199154.php
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Fotos:
http://argentina.indymedia.org/news/2004/05/198371.php
http://argentina.indymedia.org/news/2004/05/199037.php
Materiales anteriores sobre el caso:
Instrucciones para hacer latifundios I
http://argentina.indymedia.org/news/2003/09/136320.php
Historias del nuevo rey de la patagonia.
http://argentina.indymedia.org/news/2003/10/138518.php
Instrucciones para hacer latifundios II
http://argentina.indymedia.org/news/2004/03/185741.php
Espejos de colores
http://argentina.indymedia.org/news/2004/03/183886.php
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