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Análisis político mapuche

Identidad fragmentada

"El reforzamiento de la identidad mapuche es un fenómeno de nuestros tiempos y es saludable ver que ello ocurra a despecho de lo que piensen los nacionalistas chilenos. Sin embargo, es conveniente no perder de vista en el presente, que sólo la identidad mapuche o la identidad de pueblo o de nación representa una fuerza social potencial a favor de presionar por cambios al interior de la sociedad chilena, y en favor de la tolerancia y el pluralismo étnico nacional".

Por José MARIMAN * / Azkintuwe

“Sunni provided support to Shi´ite” tituló una de sus noticias el diario “The Boston Globe”, el pasado 21 de agosto (2003). En ella se da cuenta de que el joven clérigo shiita, Moqtada Sadr, ha recibido apoyo y dinero de los sunnis (específicamente del clérigo Ahmed Kubeisi)(1). Para quienes han seguido los eventos en desarrollo en Irak y se han vuelto familiares con nombres como sunnis, shiitas y kurdos, la noticia puede causar sorpresa, toda vez que hemos aprendido que hay broncas entre sunnis, shiitas y kurdos, que se explican –entre otras cosas- porque Sadam Hussein -miembro de la minoría sunni- fue particularmente represivo con la mayoría musulmana shiita (y no menos con los kurdos)(2). Por lo tanto, y en consideración a esos hechos podemos preguntarnos, ¿cómo es esto de que una autoridad religiosa shiita este siendo apoyada por los sunni? Lo anterior, verídico o no (es un asunto por demostrar aún), nos deja entrever lo complejo que puede ser la política.

Frente a los acontecimiento en Irak muchos de nosotros pudimos haber asumido como una verdad transparente, que los shiitas y los kurdos colaboraron –al menos no se opusieron- con la ocupación estadounidense de Irak y en la caída del régimen de Sadam Hussein (régimen identificado con los musulmanes sunni). También, teníamos conocimiento de que shiitas y kurdos junto a sunnis estaban representados en el nuevo Consejo de Gobierno, que intenta construir un nuevo Irak tolerante y democrático (magna empresa). Y, por último, tampoco nos era un misterio que los shiitas no guardan muchas simpatías por los estadounidenses, aunque los hayan “liberado” (tomar como evidencia las relaciones entre Irán, de mayoría shiita, y los Estados Unidos, que no son mejores de lo que eran las relaciones entre Irak y USA). Entonces, ¿cómo encaja en la historia en desarrollo en Irak, un comentario que alude a colaboración shiita sunni extra Consejo de Gobierno? Y, ¿qué explica que algo así pueda estar ocurriendo y socavando los intentos estadounidenses de crear un Irak modelo para el resto del mundo musulmán?.

Al parecer, las conjeturas de los analistas estadounidenses mencionan intereses o ambiciones personales (lucha por un espacio propio en la política iraquí), rivalidades más fuertes que otras (odio a EE.UU. más prominente que odio entre ellos), etc. Así, se da el caso de que un shiita profundamente anti EE.UU. y anti ocupación por EE.UU. de Irak, que fue excluido de ser miembro del Consejo de Gobierno, pudiera estar estrechando filas con un clérigo sunni que también fue excluido de tal privilegio. Sadr está en minoría dentro de su comunidad religiosa, y Kubeisi escalando posiciones en un desmembrado liderazgo sunni, y ambos parecen estar ganando adeptos a sus discursos entre los pobres de Basora y Bagdad. Por ahora, los séquitos que rodean a los clérigos no han ocultado la existencia de tal colaboración, aunque se niegan a reconocer lazos económicos (asunto aceptado como una verdad a gritos en Irak).

¿Por qué los sunni –vía Ahmed Kubeisi- podrían estar interesados en proporcionar dinero a un shiita? Una respuesta conjetural a esta hipotética problemática es la suposición de que habría no pocos magnates sunnis en estados controlados por musulmanes sunnis, que no verían con buenos ojos la emergencia en Irak de un gobierno de mayoría shiita. Enfrentados a ese hipotético escenario, esos notables sunnis mostrarían disposición a chorrear dinero para evitar que ello ocurra. Y bueno, lo que sigue es obvio: “divide para reinar”.

II

Ahora, ¿qué tiene que ver todo eso con los mapuche o con la situación mapuche? podrán preguntarse ustedes. En mi opinión mucho más de lo que pudiéramos imaginar. Este ejemplo de como la política –o la elucubración política- opera, permite destacar que los eventos que ocurren en la relación entre grupos de intereses (incluyendo las relaciones de estados con minorías y al interior del estado o de las minorías), no son ni tan simples ni ocurren de manera tan natural como pudiera ser pensado. Dividir para reinar ha sido y es una vieja táctica de control de los oponentes en política, con su propio curso de acción al interior en la sociedad nacional chilena. El estado chileno parece darle bastante importancia a esa máxima.

El estado chileno, sin haber renunciado al garrote, hace sus propias inversiones en materia de dividir a los mapuche para reinar sobre ellos. Y para que eso ocurra no tiene que hacer mucho esfuerzo, porque le basta servirse de la candidez política de algunos mapuche, que hoy por hoy se inflaman con pequeños chovinismos identitarios (nagche, wenteche, lafkenche, etc.). Así, el gobierno se sienta a conversar con estas pequeñas identidades, legitimándolas como interlocutoras de las demandas parciales y concretas de algunos mapuche, e impidiendo de paso la consumación de una demanda y movilización nacional mapuche.

Por mala fortuna para los autonomistas mapuche, no pocos mapuche en el presente parecen más concentrados en construir pequeñas identidades locales (nagche, wenteche, lafkenche, etc.), que en refinar su identidad nacional. La paradoja de tamaño desacierto es que quienes se inflaman con sus pequeñas identidades, sólo pueden aspirar a negociar pequeñas migajas para sus seguidores, antes que negociar un futuro para el pueblo mapuche en su conjunto y con el pueblo mapuche en su conjunto como respaldo tras ellos.

El reforzamiento de la identidad mapuche es un fenómeno de nuestros tiempos y es saludable ver que ello ocurra a despecho de lo que piensen los nacionalistas chilenos. Sin embargo, es conveniente no perder de vista en el presente, que sólo la identidad mapuche o la identidad de pueblo o de nación representa una fuerza social potencial a favor de presionar por cambios al interior de la sociedad chilena, y en favor de la tolerancia y el pluralismo étnico nacional. La identidad mapuche fragmentada sólo favorece la dominación de los mapuche, como ya lo ha probado la historia.

Al respecto, no pocos mapuche tienden a sobrevalorar la condición de sociedad fragmentada de nuestros abuelos, que quizá sirvió en otro contexto para obstaculizar un sometimiento más rápido. No obstante para el siglo XIX tal fragmentación identitaria constituyó un factor que favoreció nuestra derrota e incorporación a los emergentes estados chileno y argentino. Quienes hacen culto de las pequeñas identidades deberían recordar como las utilizó el estado chileno, para hacer combatir a mapuche contra mapuche (nagche contra wenteche), y terminar reinando sobre todos ellos.

Es por tendencias como esas al interior de la sociedad mapuche, que me parece criticable la quimera de los “lafkenche”, de construir una utopía lafkenche a espaldas del resto de los mapuche. Tal esfuerzo se me presenta como un intento de ampliar el gueto reduccional de origen chileno, a un gueto un poco más grande pero igual de improductivo en cuanto detener la asimilación estado nacional, que invariablemente promueve Chile.

Los “lafkenche” podrán refugiarse en los espacios territoriales que reivindican dentro de las comunas con población lafkenche (su lafkenchemapu), e imaginar que tienen poder para cambiar las cosas valiéndose de su Consejo Lafkenche. Pero ellos no van a detener la influencia del mundo exterior a los lafkenche, que les presiona y se les viene encima como si el cielo cayera sobre sus cabezas. Y es que, aunque los lafkenche enseñen “lafkenchedugun” en escuelas administradas por lafkenche y con un currículum lafkenche, no podrán impedir a quienes salgan del gueto lafkenche, relacionarse con sus dominadores en sus términos y condiciones, como hasta hoy ocurre con los que dejan la “reducción” para internarse en los dominios del wingkas: la ciudad.

Los lafkenche, con su proyecto fundado en una pequeña identidad local por sobre la identidad nacional mapuche, no apuntan a cambiar las relaciones de dominación y colonización en que están inmersos todos los mapuche, sino a construir fútiles burbujas para proteger a pequeños grupos de mapuche. Así, los lafkenche podrán hacer loables esfuerzos por recuperar “su” lengua –¿lafkenchedugun?-, enseñándola en las hipotéticas escuelas lafkenche, pero no van a impedir que se consume la muerte anunciada que sobre ellos y todos los mapuche pende: la asimilación o etnocidio.

Lo anterior, porque sino se conquista la oficialización del uso del mapudugun a nivel de una región (en su total expresión, esto es, rural y –sobre todo- urbana), y por tanto se hace mandatorio su uso en toda la institucionalidad de esa región (y esto no debe entenderse como obligar a quienes no la hablan a aprenderla forzadamente), no hay posibilidades de que un mapuche hablante encuentre funcional su lengua y en razón de ello decida mantenerla. ¿Podría alguien imaginar un futuro esplendoroso para el “lafkenchedugun”, en un contexto en que el resto de los mapuche dejó de hablar mapudugun?.

El pequeño chovinismo identitario lafkenche no puede ser el derrotero por donde transite la demanda autonomista y etnonacional del pueblo mapuche, porque él no busca redimir al colonizado, transformándolo de un ser de segunda clase a uno pleno en derechos políticos. Por el contrario, la fragmentación de la identidad nacional mapuche favorece el acomodo de unos pocos a costa del resto de la población mapuche.

Además, el fragmentalismo identitario también pudiera estar expresando la emergencia de nuevos reclamos por espacios propios en la política, en momentos en que el negocio de la representación mapuche parece saturado por líderes etnogremiales, que poco a poco se han ido transformando en asalariados del estado. En esa dirección, el identitismo fragmentario pareciera estar más concentrado en abrir espacio para más de lo mismo, a una nueva generación de líderes mapuche que no tienen opciones de acceder a los beneficios de la representación, por la vía de las organizaciones etnogremiales.

III

Para cerrar, algunos sunnis bien pueden pensar que cualquier dinero que inviertan en financiar a un clérigo shiita excluido del Consejo de Gobierno, anti EE.UU., anti ocupación, y ganando respaldo de las masas, podría favorecer el debilitamiento de la comunidad shiita frente a los sunnis al interior de cualquier futuro gobierno en Irak (formula de que se valió –a su manera y a macro escala- EE.UU. para conquistar Irak, dividiendo al mundo árabe entre quienes están dentro del eje del mal y los que están fuera). Y, en nuestro caso, algunos de nosotros bien podríamos conjeturar que el identitismo fragmentario es una inversión privilegiada por el estado chileno, dado que con una inversión mínima éste podría obtener altos dividendos políticos. Por esa vía, al mismo tiempo que el estado premia con pequeñas recompensas a los pequeños chovinistas identitarios, gana en paz social y favorece un clima apropiado a las inversiones y para más colonización de los mapuche.

El resultado de toda operación política del tipo dividir para reinar, parece ser altamente beneficioso para sus promotores, de la misma manera que prueba ser profundamente perjudicial para los que experimentan la división. Por esa vía los dominados siguen siendo colonizados: los shiitas respecto a los sunnis en materias relacionadas a religión (los árabes en su conjunto respecto a los EE.UU. también), y los mapuche respecto al estado chileno.

Notas

1. Al momento de la publicación de este breve comentario otros hechos se asocian a la figura de Moqtada Sadr, como lo son la vinculación que se le imputa al atentado y muerte de otro clérigo shiita, y recientemente el llamado a crear un gobierno nacional iraquí al margen de EE.UU.

2. Una de las últimas y más rememoradas matanzas en la cuenta de Sadan Hussein (para no ahondar más en su prontuario), se produjo inmediatamente después de la guerra de Bush padre contra Irak por liberar Kuwait –o el petróleo kuwaiti- de la ocupación Iraquí. En el contexto de la campaña “Tormenta del Desierto”, la población shiita de Basora se levantó contra Sadan, y por espacio de un breve tiempo destituyó las autoridades del régimen del dictador, mientras planeaban que hacer con la libertad que les caía como mana del cielo. Los Estados Unidos, la coalición de fuerzas que actuó con ellos y la propia ONU no respaldó el movimiento, y ustedes pueden imaginar el resto… Por esos días los kurdos no la pasaban mejor.

* Articulo publicado en el Periódico Mapuche Azkintuwe, Nº2, diciembre de 2003.

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