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Análisis de Coyuntura Mapuche
Hacia un imaginario de nación*
Por Pedro Cayuqueo y Wladimir Painemal **
/ Octubre de 2003
Más allá del Informe
de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato,
la necesidad urgente de repensarnos como pueblo. Un recado confidencial
a las nuevas generaciones de mapuche...
El objetivo de este artículo es analizar
críticamente y desde un punto de vista político, la
situación actual de nuestro pueblo en su relación
con el Estado chileno. Las interrogantes de partida son las siguientes:
¿Tenemos futuro los mapuche?. ¿Tiene futuro la idea
de un Estado mapuche o una estructura político-social autónoma?.
No hay certezas al respecto. No es posible dar una respuesta definitiva,
pero de algo estamos seguros: la representación y vivencia
de la derrota, la opción de rechazar la autonomía
por determinados prejuicios, no puede ser un instrumento de fortalecimiento
de identidad nacional y no genera visión de futuro en ninguno
de nosotros. Es más, consideramos que dicha actitud fatalista
constituye la entrada a la dominación, fortalece el colonialismo
ideológico y ayuda al continuo proceso de invasión
de nuestro territorio por parte del Estado y el capitalismo reinante.
Nuestra intención desde estas páginas
es que lo político sea una apropiación cotidiana,
entendiendo que la política está presente en muchos
de nuestros actos, de los cuales casi siempre somos inconscientes.
Negar lo político, reemplazándolo por una tendencia
culturalista o magnificar la acción directa sin incorporar
una reflexión mayor desde lo político y lo cultural,
son desviaciones que estamos convencidos debemos dejar atrás
como jóvenes mapuche. Consideramos asimismo -como antecedente
de este análisis-, el complejo contexto que presenta el cuadro
político mapuche actual. Han ocurrido hechos públicos
de fuerte relevancia para nuestro pueblo y que muestran un escenario
a todas luces poco esperanzador.
La situación de total impunidad que
rodea el asesinato del peñi Alex Lemun, las actuaciones del
gobierno en el conflicto por la Represa Ralko, la condena a los
lonko de Traiguén, la entrega del indigenista Informe de
la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato, y la
evidente incapacidad de respuesta que tienen los lideres y organizaciones
mapuche en la coyuntura, son todos antecedentes que debieran alertarnos.
Hoy el enemigo es el que avanza a pasos agigantados y eso creemos
debiera llamarnos como movimiento a una urgente reflexión.
Dispersión y diversidad del Pueblo
Mapuche
Algunos lo pueden llamar crisis,
para otros es agotamiento, pero lo que está claro
es que hay algo que no marcha bien en el movimiento. Si muchas organizaciones
socio-políticas han permanecido a través del tiempo,
no se ha debido precisamente a la efectividad de sus trabajos a
nivel de base, sino más bien a la efectiva adopción
de una dinámica de carácter cupular y la mayor parte
de las veces desligada de aquellos sectores que pretenden representar.
De esta situación, por cierto, no escapan ni siquiera las
organizaciones de tipo autonomistas, muchas de las cuales no cuentan
a nivel de sus propuestas con una legitimidad efectiva en nuestra
población, lo que desemboca generalmente - y más aun
en aquellos casos de posturas más extremas- en una acción
más testimonial que política y condenada a sucumbir
la mayoria de las veces víctima de la indiferencia social
y la efectiva acción de los organismos de represión.
Este estancamiento que observamos desde las
profundidades históricas del espectro político mapuche,
obedece a diversos motivos. Por diversas razones, los sectarismos
de algunos, gremialismos de otros, culturalismos, dogmatismos, fundamentalismos,
etc., no permiten la construcción de una propuesta ideológica
común a las organizaciones que hoy componen el heterogéneo
movimiento mapuche. Más aun, posibilidades de superar viejos
vicios se ven todavía lejanos, por cuanto el gobierno actúa
sobre estos fomentándolos y generando la dispersión
de nuestras fuerzas conforme a su ya probada y efectiva estrategia
del divide y vencerás.
Es un dato conocido la fuerte dispersión
que existe entre las fuerzas que conforman el movimiento mapuche
en la actualidad. Este es un fenómeno histórico-cultural,
con periodos de auge y debilitamiento, llámese así
a los referentes principales en determinados periodos Sociedad Caupolicán,
Unión Araucana, Ad Mapu, Consejo de Todas las Tierras, Identidad
Territorial Lafkenche, Coordinadora Arauko-Malleko o todo grupo
que se haya levantado a través del tiempo y en las distintas
etapas de la dominación chilena. ¿Cuáles son
las razones o causas para que estos referentes no se hayan proyectado
a través del tiempo?. ¿Por qué motivos la articulación
generada por estos no se mantuvo y se fue desperfilando paulatinamente?.
En la actualidad y aun cuando parte importante de las organizaciones
mapuche existentes pudieran tener propuestas complementarias, ¿Por
qué estas instancias organizativas no establecen alianzas
bajo un proyecto político e histórico común,
asumiendo que es la forma y no el fondo del asunto lo que muchas
veces los mantiene incluso enfrentados en trincheras opuestas?.
Obviamente la respuesta necesita muchos otros antecedentes.
Con una dinámica que ha demostrado
a través del tiempo poca productividad política y
escaso margen de maniobra, el movimiento mapuche se encuentra en
un momento histórico clave que definirá su relación
futura de dominación con el Estado. Pero no basta quedarse
en advertencias. Es necesario tratar de identificar aquellos caminos
que nos permitan avanzar y retomar de esta forma aquellas posiciones
perdidas en la coyuntura. ¿Hacia dónde deben apuntar
nuestros golpes y construcciones actuales?. La primera pregunta
se responde por sí sola. Recordemos que el tema mapuche no
fue puesto en la agenda pública a fines de los noventa por
aquellas organizaciones seguidistas de las políticas indígenas
del Estado, sino más bien -y por el contrario- por aquellos
referentes que centraron sus esfuerzos en una acción más
directa sobre los pilares de la dominación, como lo son el
modelo económico y la supuesta legalidad que sostiene la
institucionalidad post dictadura. Es decir, aquella misma institucionalidad
carente de pilares democráticos, puesta hoy al servicio de
las empresas transnacionales y que jamás se ha planteado
seriamente resolver el conflicto pendiente con nuestro pueblo. Hacia
allí creemos debieran apuntar nuestros golpes actuales y
futuros.
La segunda pregunta, sin duda, es más
compleja de resolver: ¿Hacia adonde apuntan nuestras construcciones?.
¿Hacia la unidad?, ¿Hacia la dispersión?, ¿Cómo
se reconstruye un movimiento capaz de lograr conquistas políticas
en un período en que el Estado chileno mantiene y demuestra
en los hechos un éxito relativo?. Consideramos que para lograr
acercarnos a una respuesta a tal cuestionamiento, primero debemos
escudriñar en aquellos elementos recurrentes de nuestra línea
política actual y que se presentan, a la luz de los hechos
ya mencionados, como necesarios y urgentes errores a enmendar por
parte de aquellos sectores que apuestan por la autonomía
y no por la integración o el falso reconocimiento laguista
expresado en el Informe del Nuevo Trato. Por lo pronto, abordaremos
sólo dos aspectos de este problema: La utilización
del concepto de Indígena y la existencia de diversas
tendencias organizativas que obstaculizan la construcción
de un discurso ideológico de nación.
Abandono del concepto de indígena
Dentro de la discusión, debate y reflexión
sobre el caso de los pueblos que habitaban el territorio conocido
como América, se han introducido conceptos de marcado sesgo
ideológico para definir el carácter de estos: indio
e indígena, autóctono u originario,
las más actuales. Estas categorías han dejado una
profunda huella en el discurso hispano-criollo y también
en los propios dirigentes e ideólogos de estos pueblos, quienes
con buenas o malas intenciones los han asimilado y readecuado a
sus propias realidades, retransmitiéndolos más tarde
como ideas fuerza hacia el conjunto del movimiento político-social
y normando a través de su uso el tipo de relación
que establecen con las autoridades de aquellas fronteras nacionales
que los mantienen oprimidos.
Un primer acercamiento a este debate ya lo
hemos puesto a prueba: ¿Indio o Indígena?. Ninguna
de las anteriores -fue la respuesta de un fvtakeche consultado-
esa es una discusión que nos legaron nuestro conquistadores,
nosotros somos mapuche. Una discusión anterior, compartida
entre estudiantes antes de publicar este análisis, planteaba
al respecto que estamos más cerca de los procesos de lucha
como el de palestina o el de los kurdos (obviamente considerando
las diferencias contextuales), más que de aquellas experiencias
de los pueblos denominados -y autodenominados- indígenas
o indios de América, cuyas formas de organización
mayoritariamente obedecen hoy en día a esta lógica
indigenista. Es el caso de la CONAIE en Ecuador y cuya fallida experiencia
de co-gobierno debiera resultar bastante aleccionadora al respecto
para todos.
Las nuevas generaciones de mapuche, por cierto,
no sentimos ser parte del tan mentado latinoamericanismo, ni tampoco
del manoseado indigenismo o mestizaje del que hacen alardes en sus
textos investigadores de la talla de José Bengoa y hasta
el último extranjero radicado o de visita por nuestras tierras.
Por el contrario, planteamos seriamente que existe una diferencia
estructural y cultural marcada con aquellos pueblos indígenas
que fueron dominados hace 500 o 400 años atrás, otorgando
ese antecedente a la lucha de nuestro pueblo un rasgo distinto e
inexplorado desde el punto de vista de la construcción ideológica.
Valga mencionar que nuestros abuelos y bisabuelos aun recuerdan
la crueldad de las fuerzas militares chilenas en el territorio,
la época del pillaje y la posterior búsqueda de refugio.
Los tiempos de la invasión y la pérdida de la soberanía
territorial no son tan lejanos para ellos, tampoco para nosotros.
Tan sólo es ayer.
Esta discusión respecto de lo indígena
y lo indio, por cierto, no es trivial. Bajo el alero
de lo indígena el Estado-nación chileno
y su institucionalidad construyen una serie de discursos y acciones
de un sesgo integracionista y negador que desconocen los derechos
políticos y territoriales que le son anexos a un pueblo,
otorgándonos por el contrario sólo la posibilidad
de acceder a una serie de convenios especiales y declaraciones
de segundo orden que carecen la mayor parte de las veces
de efectividad en los hechos. El caso de los impunes atropellos
a que son sometidas en la actualidad las comunidades del Puelmapu,
donde existe a la fecha un reconocimiento constitucional y se ha
ratificado incluso el Convenio 169 de la Organización Internacional
del Trabajo (OIT), resultan sin duda reveladores al respecto.
Por otro lado, el indigenismo de Estado lleva
aparejado otro aspecto de indudable peligro para el fortalecimiento
del movimiento mapuche, como lo es la creación de distintos
organismos afines y que le han permitido en la última década
contener y en algunos casos desarticular- buena parte de los
sucesivos levantamientos de nuestras comunidades. Nos referimos,
claro está, a la institucionalización de la vida mapuche
que se produce hoy a través de la CONADI, Orígenes,
Municipios o la acción combinada de los diferentes tentáculos
de la administración estatal. Institucionalizar la vida mapuche
ha sido una tendencia histórica del indigenismo como corriente
político-administrativa, desde la promulgación de
las primeras leyes de colonización, indígenas o nacionales
que pretendieron encasillar a nuestro pueblo a normativas divergentes
de su naturaleza cultural.
Los objetivos de esta institucionalización
indígena -piedra angular del recién estrenado Informe
de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato-
además de encasillar nuestras demandas y reivindicaciones
dentro de los estrechos márgenes del Estado de Derecho,
se han centrado en el último tiempo en levantar nuevos liderazgos,
reemplazar dirigencias tradicionales y autónomas por determinados
liderazgos funcionales o en fortalecer a caudillos locales con ascendente
histórico o ficticio sobre ciertos territorios, como ocurre
hoy en día en el caso de los Consejeros Mapuche de la CONADI,
seudo dirigentes de base condicionados cada año por votaciones,
parcelas políticas, recursos monetarios y, finalmente, por
la venia de un Ejecutivo para nada dispuesto a modificar las actuales
relaciones de poder. Creer que desde esas construcciones institucionales
se resolverá la situación de opresión de nuestros
derechos políticos y territoriales, es a todas luces una
ingenuidad. Por tanto, es hoy cuando las nuevas generaciones debemos
cambiar el discurso y enfocarlo en la dirección correcta,
aquella que quizás nos presentó lúcidamente
Manuel Aburto Panguilef en las resoluciones del olvidado XI Congreso
Mapuche del año 1932.
Un primer paso en este camino es desechar
viejas categorías y asumir que somos un pueblo oprimido por
la fuerza, sin apellido y que debe gozar del derecho a conducirse
por sí mismo y para sí mismo. La voz mapuche puede
y debe ejercitarse para correr en esta pista política mayor.
Lo indígena, desde su origen, ha sido permanentemente
institucionalizado por las políticas del Estado para resolver
aquellas contradicciones, casi siempre problemáticas
para el poder, que desnudan de vez en cuando los pueblos oprimidos
que habitan el territorio conocido como América. Lo indígena
por lo tanto no es el modelo adecuado a practicar ni a defender,
nos queda pequeño, incomodo y sus coloridos autóctonos
no son de nuestro agrado, huelen a folklore, a institucionalidad
ajena y a meras estrategias de integración.
Sea también este un llamado a aquellas
organizaciones o instituciones winka que asumen hoy la postura indigenista.
Sepan que en el caso mapuche no se trata de un grupo, una tribu,
un clan o una etnia, sino de un pueblo que ya no busca la integración
o grados simbólicos de reconocimiento, sino más bien
su derecho a la libertad. Apuntamos esto porque es un hecho que
la política indigenista ha contado históricamente
con el respaldo, muchas veces incondicional, de numerosos cientistas
sociales y políticos chilenos que por este camino encuentran
satisfacción a diversas aspiraciones profesionales y políticas.
Incluso fuerzas progresistas o de izquierda asumen todavía
esta postura, legitimando aquel discurso latinoamericanista en donde
los indígenas, junto con las clases explotadas,
debieran avanzar de la mano tras la conquista del poder. No esperamos
a corto plazo un mea culpa de todos estos sectores, pues siguen
interviniendo de una u otra manera en la misma lógica, pero
si es dable esperar que a futuro al menos los mapuche seamos capaces
de asumir una postura diferente al respecto.
Es un hecho que el indigenismo
de Estado no ha resuelto el tema de la dominación de nuestro
pueblo, situación estructural que creemos no se resuelve
creando nuevas instituciones, ni colocando allí a simbólicos
funcionarios indígenas, como ocurre hoy en los
casos de la CONADI, del Programa Orígenes y del publicitado
Ministerio Secretaría General de la Presidencia. El mensaje
o señal que queremos enviar desde estas páginas es
claro: somos Pueblo Mapuche sin apellidos. Ello implica también
un posicionamiento frente al Estado. Si éste quiere una nueva
relación, debe comenzar por olvidarse de su política
indígena y proponer, más que un ineficiente nuevo
trato, un nuevo tipo de relación entre ambos pueblos,
basada en el reconocimiento formal de nuestros derechos políticos
y territoriales usurpados por el actual marco político-administrativo
y que cotidianamente son violentados por el modelo económico
al cual se han suscrito de manera entusiasta los sucesivos gobiernos
de la Concertación.
Hacia un imaginario de nación
Un segundo elemento a discutir son las diferentes
tendencias que atraviesan el accionar de las propias
organizaciones mapuche existentes al interior del Wallmapu, muchas
de las cuales encuentran su origen precisamente en el indigenismo
o en determinadas corrientes político-folklóricas
de ser y de asumirse como mapuche. Aquellas
tendencias que han dado origen a las identidades territoriales,
los consejos o coordinadoras de diverso
tipo, creemos son sólo las más actuales, herederas
naturales de aquellas otras federaciones, asociaciones
o asambleas que en otros tiempos componían el
inagotable mosaico organizacional de nuestro pueblo. Mosaico que,
dicho sea de paso, más que fortalecer y potenciar el movimiento,
en la actualidad más bien lo divide y lo incomunica. El caso
actual de las llamadas identidades territoriales, surgidas
del rescate académico de aquellas formas organizativas con
las cuales nuestro pueblo enfrentó la invasión chilena
a fines del siglo XIX (Bengoa: 1982), resulta a todas luces emblemático
al respecto, aun cuando los esfuerzos que desde allí se realizan
hoy parecieran apuntar a la coordinación y al
apoyo mutuo, rectificando de esta forma algunas de las implicancias
negativas que conlleva el dividir para sumar.
¿Cómo se hace frente a este
proceso de multiparticularización política y
territorial?. Simple: territorialidad sobre la base de la idea de
pueblo-nación. Sin embargo, las señales que hoy día
se perciben desde el movimiento mapuche no son auspiciosas, ya que
ni desde el discurso ni de la acción política concreta
se está planteando esta construcción ideológica,
cayendo las diferentes propuestas levantadas por las organizaciones
en una especie de sectarismo territorial a todas luces inaceptable
e históricamente anacrónico. El caso del territorio
del Puelmapu es muy gráfico al respecto, pues actualmente
ninguna orgánica desde el Gulumapu plantea hacia ellos un
discurso político de unidad territorial y cultural, situación
que puede desembocar a futuro en un error geopolítico de
insospechadas consecuencias. Otro ejemplo podría ser el caso
de las organizaciones lafkenche de Arauco, cuya Propuesta
de Autonomía entregada al gobierno el año 2001,
en pleno auge de las movilizaciones, no dejó de ser exclusiva
para ellas como identidad territorial. Así, nos
encontramos hoy además con expresiones de tal calibre como
la negación de lo mapuche para potenciar política
y culturalmente ser Williche, Pewenche,
Lafkenche, Nagche o Wenteche
por parte de un sector no minoritario de nuestra gente.
En este punto del análisis queremos
resaltar que no sólo la acción del Estado ha logrado
retrasar el proceso político mapuche, sino que también
la acción de nuestros propios dirigentes, divididos por tendencias
organizativas y acostumbrados a ver la acción de terceros
en sus propios fracasos políticos. Lamentablemente, estas
tendencias se van a mantener por un buen tiempo más, por
cuanto el gobierno conoce de sus debilidades y las fomenta al interior
del movimiento. De esta situación no escapan ni siquiera
aquellas agrupaciones con propuestas más autónomas
y que carecen generalmente de una visión política
más amplia, asumiendo prácticas sectarias y hegemónicas
que imposibilitan en definitiva se genere una correlación
de fuerzas favorable en lo estratégico a una lucha que algunos
denominan de liberación nacional. Solo cabe esperar
que la relación social vuelva a resurgir entre estas organizaciones,
cambiando paulatinamente algunos comportamientos asumidos a la hora
de hacer política y presentarse ante el conjunto
de nuestro pueblo con una propuesta de futuro.
El desafío, creemos, es idear formas
para ganar posiciones respecto de estos fenómenos, haciendo
retroceder aquellas ideas que disgregan a nuestra gente, por muy
bien intencionadas que pudieran ser, pero que esconden la mayoría
de las veces ansias de poder, caudillismos locales que no le hacen
bien a la construcción de una idea de pueblo, de un imaginario
de nación con el cual se comprometen cada día y con
mayor fuerza las nuevas generaciones de nuestro pueblo. Esperamos,
que este artículo logre entregar elementos para una discusión
cada vez más urgente y necesaria. Valga advertir que no son
verdades absolutas, sólo reflexiones que surgen desde lo
político para compartir. ¿Cómo hacemos crecer
la idea de Pueblo, de Nación, como valor humano básico
y natural de acción y pensamiento al interior del hoy heterogéneo
movimiento mapuche?. Tenemos los elementos básicos para reconstruirnos,
también para colocar en el lugar que corresponde al Estado.
Esa es la tarea que creemos nos compromete hoy.
* Artículo Publicado en el Periódico
Mapuche Azkintuwe. Páginas 12, 13 y 14 - Octubre de 2003.
* Sus autores son ex dirigentes universitarios.
Actualmente realizan trabajos comunicacionales y de formación
política al interior del movimiento estudiantil mapuche.
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