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El protagonismo político del nuevo
director de CONADI
Denver, U.S., noviembre del 2002
Por Jose A. Mariman
Desde su nombramiento
en el cargo de director de CONADI, Aroldo Cayún Anticura
comienza ha habituarnos a sus apariciones en la prensa, con comentarios
concernientes a la situación mapuche maniqueístas,
infundados, a veces impertinentes y cuando no surrealistas o contra
historia (la historia al revés). Por ejemplo, en la coyuntura
del 12 de octubre pasado (celebración/contra celebración),
él ha sostenido que desde hace 30 años -1972 y el
2002- hay dos orientaciones disputándose influencias ideológico-políticas
en el movimiento mapuche: "autonomistas" y "pluralistas"
(El Mercurio, 13/Oct/2002), cuestión que no parece ser efectiva
a la luz de lo que se ha escrito sobre los mapuche desde los 1970s.
Y, recientemente, en el contexto del dolor de familiares, amigos
y hermanos de causa de Edmundo Alex Lemún Saavedra, ha hecho
la acostumbrada apología al "estado de derecho"
medio justificando medio exonerando, disparar a la cabeza de un
manifestante no para disuadirlo de realizar un "ilícito"
sino para asesinarlo.
Autonomistas versus pluralistas: un maniqueísmo
falaz
La primera observación al presunto
antagonismo autonomistas versus pluralistas, es que, al parecer,
tal rivalidad ha pasado desapercibida a los cientistas sociales
que han tenido por sujeto de sus trabajos a los mapuche. No hay
referencias a tal oposición en los escritos sobre la cuestión
nacional mapuche producidos entre los 1970s y el presente. Y no
ha sido sino hasta los 1990s en que un sector político de
la sociedad mapuche, ha comenzado a usar la auto identificación
"autonomista". Tal auto identificación política
se abre paso desde entonces en la nueva literatura y narrativa política
mapuche, despertando el interés de los intelectuales no mapuche(1).
En consecuencia, la identidad política autonomista o auto
determinista del movimiento mapuche es un fenómeno reciente,
y no tan longevo como Cayún promueve(2).
Una segunda observación a la opinión
de Cayún dice relación con el hecho de que, aparentemente,
no hay sujetos políticos mapuche que se denominen a si mismos
"orientación pluralista". Y, subsecuentemente,
ellos asuman esa caracterización como una identidad política,
al estilo de lo que ocurre en la sociedad nacional chilena cuando
alguien dice de si mismo "soy socialista", o "udista",
o "demócrata-cristiano", o "comunista",
etc. El pluralismo, en tanto sustantivo, es opuesto a unicismo o
uniformidad. Aunque la intencionalidad de uso de Cayún es
más bien satanizar a los autonomistas como discriminadores,
marginadores, excluyentes o sectraristas. De esa forma, la "orientación
pluralista" en la que él mismo se ubica, sería
lo tolerante, participativo, incluyente e incorporador. He aquí
el mundo en blanco y negro, el mundo dividido en buenos y malos,
el mundo bipolar. Pero, ¿son los autonomistas tan ensimismados
o aislacionista?
Una lectura adjetivada de pluralismo también
es posible en política, y a menudo es más cercana
a la realidad de la que nos ofrece el director de CONADI. Según
lo anterior, el pluralismo podría adherirse a cualquiera
de las identidades antes mencionadas. Así, se puede ser un
socialista pluralista en oposición a ser socialista sectario,
demócrata-cristiano pluralista en oposición demócrata-cristiano
sectario, etc. Por lo tanto, también es posible imaginar,
concebir y encontrar mapuche autonomistas pluralistas como otros
intransigentes o sectarios. De hecho, y en rigor, ni siquiera es
posible hablar de mapuche autonomistas en singular, pues aún
no se ha realizado una síntesis que amalgame el pensamiento
de todos los autonomistas en un sólo pensamiento. De otra
forma, hoy hay una pluralidad de autonomistas.
Sin embargo, lo que no parece posible congeniar
fácilmente en la "orientación pluralista"
postulada por el director de CONADI, es la existencia de mapuches
"pluralistas" pluralistas y mapuches "pluralistas"
excluyentes, aunque la postura de Cayún respecto a los mapuche
autonomistas pareciera ser un ejemplo de "pluralismo intolerante".
Pero de lado la mordacidad, en política es muy difícil
encontrar a alguien que se declare a si mismo no pluralista, perteneciendo
este concepto una categoría valórica que todos reclaman
para sí, pero que nadie se muestra dispuesto a asumir en
su opuesto. Esto es, nadie se dirá nunca antipluralista aunque
su práctica lo delate como tal. Por lo anterior, es escabroso
ocupar esa categoría para hacer una tipología de los
planteamientos políticos mapuche.
Contrario a la clasificación de Cayún
parece más productivo un intento de catalogar del pensamiento
político mapuche, basada en las políticas promovidas
por las organizaciones mapuche a lo largo de su historia. Así
-y sin el ánimo de entrar en complejidades- es posible distinguir
sectores que han promovido y promueven la asimilación, otros
que han promovido y promueven la integración en la sociedad
nacional (conservando menos/más elementos de la cultura propia),
y finalmente "autonomistas" o "autodeterministas"
(estoy dejando fuera de este documento expresiones menos influyentes
como fundamentalistas, modernistas, posmodernistas, regalistas...).
Los asimilacionistas serían aquellos
mapuche que narcisistamente se identifican con ser chilenos, renegando
de su condición étnica. Ellos manifiestan absoluto
desprecio por su cultura, sociedad y nación. Se trata de
mapuche que han absorbido sin cuestionar la idea del crisol que
funde a todas las "razas", dándonos como producto
un ser nuevo en una civilización nueva en que todos serían
"iguales". Por cierto, un estado y sociedad estatal perfecta
que no existe en ninguna parte, pues por donde quiera siempre hay
algunos más iguales que otros (injusticias). Las desigualdades
e injusticias etnonacionales son patológicas en sociedades
plurinacionales que no se reconocen como tal, y que proclaman un
etnocentrismo mitológico que inhibe la existencia de legislación
protectora y promotora de derechos políticos para minorías
nacionales: Chile, por ejemplo.
Los asimilacionistas tuvieron su mejor momento
a fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando las
secuelas de la derrota y disrupción de la sociedad mapuche
golpeaba a las viejas generaciones, en un contexto ideológico
en que prevalecían tesis racistas sobre lo que era "civilización"
y "progreso" (figura del "hombre blanco" y la
sociedad europeo-occidental en la cima de una pirámide de
intolerancia creada por los propios racistas europeos). Hoy en día
las ideas asimilacionistas parecen ser marginales dentro de la sociedad
mapuche y sus nuevas generaciones.
Los integracionistas, en cambio, hacen su
debut en los inicios del siglo XX. Su discurso fue y ha sido el
de promover mayor tolerancia, comprensión y respeto por la
cultura mapuche y su gente. De esta manera, promueven la incorporación
mapuche en la sociedad estatonacional chilena, con más/menos
elementos de la propia cultura. Este discurso se ha mostrado altamente
influyente en la sociedad mapuche, y parece estar en el sustrato
de toda organización mapuche con aspiración de protagonismo
y representatividad político-social.
El integracionismo cruza el espectro político
estado nacional, encontrándose expresiones de él desde
la derecha hasta la izquierda, o desde Venancio Coñuepan
a Eusebio Painemal. Y se ha reforzado en el tiempo con coyunturas
favorables a la tolerancia y el respeto a las minorías, como
aquellas que sucedieron a la derrota nazi-fascista en la II Guerra
Mundial (política del exterminio), los procesos de descolonización
de Asia y África, y la conquista de derechos civiles por
los "negros" en países con población Africana
transplantada. Muchos de los dirigentes gremiales mapuche actuales
y que podríamos denominar "históricos" por
provenir del período dictatorial (liderazgos originados en
los Centros Culturales Mapuche de fines de los 1970s que cambió
a Ad-mapu a principios de los 1980s), caben en esta identificación
política. Mientras no pocos autonomistas han tenido como
primera escuela de ideales etnopolíticos al integracionismo,
que marca su continuidad histórica con las luchas mapuche
de ayer y del presente.
Los integracionistas se han caracterizado
por promocionar la solución del conflicto nacional mapuche,
por la vía de demandar leyes indígenas benignas al
estado chileno, que apuntan por lo general a solucionar problemas
económicos, sociales o culturales, pero no a conquistar derechos
políticos para los mapuche. Eso continua ocurriendo hoy día,
por ejemplo, con las demandas concretas de las comunidades de asistencialidad,
y las propuestas de asistencialidad del estado en proyectos de infraestructura,
productividad y capacitación, que el director de CONADI denomina
"resolución en forma ordenada" de la cuestión
mapuche (Entrevista, Radio Chilena,18:05, 13/11/2002).
Sólo recientemente en los 1980s-1990s
algunos integracionistas se han acercado a reivindicar derechos
políticos, como se desprende de su apoyo a la demanda por
reconocimiento constitucional a la existencia de poblaciones indígenas
en Chile. Pero huelga decir que no está claro que un reconocimiento
por sí mismo garantice derechos políticos alguno a
los mapuche, sino va acompañado de un texto explícito
que así lo especifique. En ese sentido no es malo recordar
que la posibilidad de alcanzar algunos derechos por esa vía,
descansa exclusivamente en manos de nacionalistas chilenos en el
ejecutivo y parlamento, dado la escasa movilización-presión
generada por los integracionistas en soporte de esa demanda. Y,
también, que la propia Concertación como fuerza política
a la que muchos integracionistas han entregado la responsabilidad
de hacer prosperar esa demanda, no es garantía para impulsar
dicha demanda al interior de las instituciones del estado. La concertación
ha mostrado escasez de convicción y falta de disciplina de
voto, a la hora de favorecer las demandas mapuche. Por lo menos,
así lo evidencia el que parlamentarios concertacionistas
hayan argumentado y votado en contra de esa iniciativa.
Y no es el único caso donde los integracionistas
han mostrado poca o nula capacidad de influir, en los eventos políticos
que beneficiarían a los mapuche y otras minorías nacionales
en Chile. Está el caso no menos importante de ratificar el
convenio 169 de la OIT sobre protección de poblaciones indígenas,
que esta vigente en estados más "pluralistas" desde
hace 14 años (1989). Todo indica que los integracionistas
se han dormido en sus laureles o domesticado a la búsqueda
de soluciones "en forma ordenada", que en 12 años
de gobiernos Concertacionistas no han mostrado resultados contundentes
(ni reconocimiento constitucional ni ratificación del convenio
169). Quizá, tal imprevisión en movilizarse y presionar
al estado se explique, entre otras cosas, porque las organizaciones
integracionistas por lo común son sucursales de partidos
políticos estado nacionales (en la mayoría de los
casos de partidos de la Concertación). En tanto tal, sus
líderes juegan roles de intermediarios entre una masa de
seguidores con los problemas de la sociedad mapuche campesina que
conocemos, y autoridades políticas partidarias no mapuche
que determinan para los mapuche lo "políticamente correcto".
Los autonomistas, como ya he sostenido antes,
son en cambio un fenómeno político y social nuevo
en la sociedad mapuche y en la sociedad nacional chilena. Si hay
algo que distingue a los autonomistas de otras posiciones o tendencias
del movimiento mapuche, es su aspiración a conquistar derechos
políticos en favor de la nación mapuche, para recuperar
control sobre la vida política, social, económica
y cultural de la nación mapuche (y de la población
regional en su conjunto). En otras palabras, los autonomistas cuestionan
el rol auto asumido por el estado etnocéntrico, centralista,
y su burocracia racista, discriminadora, excluyente y segregacionista,
de conducir los destinos de los mapuche en tanto individuos y nación.
Los autonomistas mapuche ponen en cuestión
que sean nacionalistas chilenos, ajenos a la realidad territorial
y cultural del país mapuche (como ha ocurrido hasta ahora
gracias al centralismo estado nacional), quienes determinen lo conveniente
o inconveniente para la población mapuche y el conjunto de
la población en el país mapuche, sin que ni mapuche
ni otrora colonos sean consultados ni menos participen en la toma
de decisiones que afectarán sus vidas. En este sentido, e
insistiendo en las propias diferencias entre autonomista y especialmente
entre autonomistas y regionalistas, demandas de descentralización
y democratización del país mapuche como las sostenidas
por regionalistas (ex)colonos del país mapuche(3), no son
contradictorias a un proyecto autonomía del Wallmapu, sino
fases tempranas de un proyecto de profundización de la democracia,
descentralización del estado, y de empoderamiento local,
que no estará completo hasta conquistar una forma semi estatal
de organización y vida política.
La autonomía, resulta así
una impugnación a la incorporación mapuche al estado
chileno, en las condiciones que conocemos y que han creado el problema
nacional mapuche. Al mismo tiempo, es una propuesta de nueva relación
con el estado etnocéntrico y centralista, en la que éste
reconozca el derecho de los mapuche y de la población en
el país mapuche, a una forma semi estatal de vida social
y política, al estilo de descentralizaciones como la española,
la británica, u otras que sin ser perfectas son más
democráticas, pluralistas, y tolerantes respecto de las minorías
nacionales, que la escuálida descentralización y democracia
chilena. De esta suerte, la autonomía busca crear condiciones
para que el problema nacional mapuche sea resuelto en situ por los
actores políticos, sociales, y económicos del país
mapuche. Y por lo tanto, crear condiciones para que la política
cambie de giro, al tener que descansar sobre las dinámicas
locales antes que ser receptáculo de las ordenes centrales.
Es cierto que la autonomía en tanto
demanda y propuesta a la sociedad nacional chilena no está
plenamente desarrollada ni pactada por los propios autonomistas.
Pero lo anterior no quita que se avanza en ese sentido (tener presente
el aumento de la literatura en esa dirección en los últimos
años). Los avances de los autonomistas contrastan con la
conformidad y falta de iniciativas que muestran los integracionistas
de todo tipo, cuyos líderes tienden a asumir roles burocráticos
y colaboracionistas en el aparato de estado, justificándose
con la idea de intentar cambios desde el poder, cuando no tienen
ninguna posibilidad de alcanzar niveles relevantes en la toma decisiones.
Los autonomistas ciertamente son minoritarios
respecto a una masa de activistas mapuche que aún se mantiene
en posiciones integracionistas de todo tipo. Pero en política
ser minoría o mayoría es casi siempre una condición
transitoria antes que un estado permanente. Por ejemplo, veamos
el caso de la historia de la Democracia Cristiana chilena, nacida
de un fraccionamiento en la derecha durante la primera mitad del
s. XX. Ella, de un primer momento en que nadie le daba crédito,
se alzó para convertirse en la primera fuerza política
del país en la primera mitad de los 1960s. Pero tal ubicación
fue desgastándose hacia fines de esa década y comienzos
de los 1970s, hasta que volvió a ubicarse en la primera posición
de las preferencias políticas al fin de la dictadura. Todos
sabemos en donde está la DC hoy batiéndose en un caos
y en divisiones internas, pero no tenemos como saber donde estará
mañana: si desaparecerá o resurgirá de sus
cenizas. La DC chilena como otras fuerzas políticas estado
nacionales no nacieron siendo mayorías. Si conquistaron alguna
vez las preferencia mayoritarias del electorado chileno, de debió
sin duda a un conjunto de circunstancias que la favorecieron, antes
que a una condición dada o preexistente.
Por lo anterior, en política parece
no haber enemigo pequeño ni mayoría perenne. Y quizá
no sea majadero recordar que ser mayoría en una coyuntura
histórica, no forzosamente índica estar en lo correcto.
Recordemos, por ejemplo, que la mayoría de los europeos en
la edad media creía que el planeta tenía forma de
plato con Jerusalén al centro. En esos días, decir
lo contrario, esto es, ser minoría -como Copernico-, costaba
juicios inquisidores. Hoy día, y desde otro paradigma, podemos
decir que esa mayoría estaba equivocada. Y de otra parte,
apelar a lo que Pinochet llamaba las "mayorías silenciosas"
adjudicándose su apoyo u aprobación ("la gran
mayoría de la población mapuche está en otra",
Radio Chilena, 13/Nov/2002), es de todo punto de vista un engaño,
puesto que en política son siempre los menos quienes en cualquier
sociedad dada juegan los roles de activistas o reformadores. Al
resto se les pregunta en determinados momentos a través de
referéndum o plebiscitos, antes de tomar su silencio en provecho
propio (ver el ejemplo cívico del Quebec). A los mapuche
nadie les ha consultado nunca nada sino que todo se les ha impuesto.
Pero más interesante que preocuparse
de aspectos cuantitativos de una fuerza política nueva en
la sociedad mapuche, me parece que lo es comentar que los autonomistas
no dejan de ser integracionistas del todo. Me explicó, hasta
ahora no he leído opinión de mapuche autonomista alguno
(puedo equivocarme), promoviendo que todos los (ex)colonos en territorio
mapuche deben irse a otro rincón de Chile, a Europa o al
diablo (y si lo hubiera igual no sería representativo de
todos los autonomistas). En este sentido, las acciones emprendidas
por recuperar tierra desarrolladas por algunos autonomistas, se
han hecho sobre la base de reparar injusticias históricas
antes que expulsar la población (ex)colona. Esa injusticia
histórica es haber usurpado tierras que el propio estado
chileno reconoció en propiedad a los mapuche (constan en
títulos de merced). Los autores de tal ilícito fueron
colonos inescrupulosos en concierto con una justicia, policía,
burócratas del estado y estadistas corruptos que lo permitieron.
En resumen, por el "estado de derecho" que reverencia
el director de CONADI.
Sin cerrarse al hecho de que hipotéticamente
pudiera haber ahora o en el futuro algunos autonomistas promoviendo
una "limpieza étnica" a favor de los mapuche (política
que en cambio ¡sí! ha sido practicada por el estado
chileno con sus minorías), los esbozos de propuestas de autonomía
actuales parten de asumir como un hecho, que hay población
(ex)colona que hoy se identifica con el territorio mapuche, y que
tiene derecho a permanecer en el (pluralismo). Pero lo que los autonomistas
cuestionan y parecen no aceptar, es el tipo de relación colonial
impuesta por el estado chileno en el Wallmapu, con sus secuelas
de marginación, pobreza, discriminación, subyugación
y emigración en que hoy viven los mapuche en dicho territorio.
El integracionismo que promueven los autonomistas
mapuche es entonces un integracionismo de nuevo tipo. El integracionismo
que promueven los autonomistas mapuche es un integracionismoliberador,
al revés del integracionismo que no cuestiona las relaciones
de dominación subyugación del estado hacia sus minorías.
Ese integracionismo plantea al estado chileno, que en adelante no
sólo deben haber promesas de nuevo trato o un nuevo trato
expresado únicamente en asistencialidad económica
o social; sino el reconocimiento tácito o explícito
de derechos políticos específicos para la población
mapuche, en tanto colectividad o nación con un territorio
mapuche específico (Wallmapu), independiente de que los mapuches
no sean mayoría hoy en el.
Los autonomistas postulan que para asegurar
un futuro para la nación mapuche y los habitantes del Wallmapu
en su conjunto, el estado debe reconocer el derecho a sus habitantes
a determinar que desarrollo quieren. En otras palabras, buscan terminar
con el centralismo que no ha hecho sino convertir al Wallmapu en
una gran villa miseria, y donde los recursos del Wallmapu y su explotación
no generan riqueza para su gente, sino para transnacionales extranjeras
o para las elites nacionalistas chilenas, que ni siquiera residen
en el Wallmapu aunque algunos de ellos tengan sus fundos o sus residencias
de veraneo en él.
Por todo lo anterior, la demanda de los
autonomistas mapuche no se aparta de lo que el director de CONADI
se atribuye para si mismo, esto es, la construcción de una
sociedad plural. Por el contrario, la construcción de una
sociedad plural sólo es posible en la medida que se reconozca
la existencia del otro, pero del otro con derechos políticos
específicos en tanto colectividad o nación (derecho
a la autodeterminación interna o autonomía). Al menos,
ese parece ser el sentido de los avances que se han hecho en materia
de derecho internacional para situaciones como la que ocurre en
Chile.
Y ya que tocamos el tema del derecho internacional,
es bueno afirmar que en sus raíces la demanda de autonomía
mapuche presente (originada tímidamente en los 1980s en el
contexto de lucha anti dictatorial), en ningún caso es una
reivindicación sui generis mapuche, sino que corresponde
a lo que podríamos llamar "el estado del arte en las
demandas indígenas a nivel mundiales". La demanda de
justicia en favor de las minorías es tan vieja como la historia,
adquiriendo particular importancia en el contexto europeo de fines
del siglo s.XIX, que vio el surgimiento de la "Liga de las
Naciones" para proteger los derechos de las minorías.
Esos derechos nuevamente fueron sometidos a prueba durante la asonada
nazi fascista de mitad del siglo XX, que hicieron que Naciones Unidas
terminara reconociendo en 1992 el derecho de las minorías
a expresar y proteger su identidad (al mismo tiempo que en años
previos a tal reconocimiento favoreció la descolonización
y autodeterminación de tantos países en Asia y África).
Entonces, la demanda de autodeterminación
interna de hoy o autonomía es una idea de justicia de carácter
universal, que ha fluido hacia la sociedad mapuche contemporánea,
usando como puentes las delegaciones mapuche enviadas durante los
años de dictadura y en el presente, a foros mundiales como
el Grupo de Trabajo sobre Poblaciones Indígenas de la ONU
(fundado en 1982). También, usando como puente a intelectuales
mapuche que han accedido a esas ideas de justicia de circulación
mundial, a través de lecturas e investigaciones favorecidas
con el término del oscurantismo dictatorial. A demás,
favorecidas por las salidas de muchos mapuche fuera del ghetto que
representa la sociedad nacional chilena en el concierto mundial
de estados naciones, y sus nuevas experiencia en sociedades si bien
no perfectas más democráticas, pluralistas y tolerantes
que la chilena. Y, por cierto, por la globalización de las
comunicaciones como en el caso de internet, que han favorecido la
rápida difusión de la experiencia de lucha y resolución
de situación de conflicto nacional o étnico en otras
sociedades (la globalización no es exclusivamente económica
o tecnológica).
Si las ideas de autonomía, que representan
un patrimonio universal de tolerancia y de respeto a los derechos
humanos (colectivos), comienzan a expandirse en la sociedad mapuche
contemporánea, es porque han caído en un campo fértil.
Terreno que se caracteriza por el hecho de que el estado chileno
no ha modificado sustantivamente las relaciones de opresión
nacional de los mapuche desde el siglo XIX (relaciones surgidas
de la guerra de conquista desatada por el estado en contra de los
mapuche, y de la derrota militar de la nación mapuche que
dieron origen a la expoliación territorial de la nación
mapuche, la colonización con población exógena
del Wallmapu, y la usurpación de tierra a reducciones mapuche...
en definitiva la situación colonial), Y porque los mapuche
gracias a esas relaciones de tipo colonial son los pobres entre
los pobres en Chile.
La pobreza mapuche se retrata claramente
en las palabras del senador concertacionista por la región
mapuche Muñoz Barra, quien ha dicho en este mes de noviembre
que hay mapuche que viven con un dólar diario y otros muchos
con sólo dos (Diario Austral, 15/Nov/2002). Mientras tanto
nos vamos enterando por la prensa que en su calidad de burócratas
del estado, algunos ministros chilenos reciben además de
sus ya abultados salarios (por los 300 y más dólares
diarios según ventila la prensa), "sobresueldos"
que van desde los 50 dólares diarios hacia arriba, como los
que recibía el actual presidente del "estado de derecho"
chileno, don Ricardo Lagos, en su calidad de ministro de Eduardo
Frei hijo (Diario La Tercera, 21/Nov/2002 y 22/Nov/2002).
Puestas esas cifras en una forma más
pedagógica, significan que para que un mapuche viviendo con
un dólar diario reúna los conjeturados 350 dólares
diarios que gana un ministro del estado de derecho chileno, debería
al menos esperar 11 meses y medio sin gastar un peso (y en el segundo
caso casi 6 meses). Y si proyectamos la cifra para que ese campesino
mapuche que vive con su dólar diario junte el dinero que
gana en un mes ese burócrata del estado, debería esperar
sin gastar ese dólar unos 29 años. Ni mencionar el
tiempo que debería esperar ese campesino mapuche para reunir
el dinero que ese ministro gana en un año, simplemente tendría
que vivir varias vidas. ¿Cuál es la ética salarial
en el estado de derecho del que nos habla Cayún (y ni mencionar
los salarios de organismos privados)? Esa situación se llama
injusticia y explica porque los mapuche están donde están
(junto a no pocos chilenos), mientras otros sectores sociales progresan
continuamente. Esa situación es una inmoralidad, sobre todo
porque quienes la practican son los mismos que piden solícitamente
al que vive del dólar diario, "que tenga paciencia",
que encauce sus demandas "por los canales regulares",
que resuelva sus problemas "en forma ordenada".
Finalmente, los autonomistas no se muestran
convencidos de que la autonomía es un imposible, porque "es
económicamente inviable" en territorios pequeños,
y consecuentemente podría llevar a la población mapuche
a "vivir de subsidios", "la emigración"
y la "transformación en extranjeros" en su propio
país (ideas de Cayún en la entrevista a Radio Chilena
ya citada). Afirmar eso es cuando menos una perogrullada. Los autonomistas
mapuche embarcados en las recuperaciones de tierra han planteado
las recuperaciones como un ingrediente de una planificación
más amplia, que incluye la recuperación del Wallmapu.
En estas líneas yo no pretendo hacer la apología de
ninguna propuesta autonomista en particular ni de sus métodos
de lucha. Pero si busco argumentar a favor del espíritu de
las ideas autonomistas en general, y en contra del estatus quo que
se desprende de las opiniones del director de CONADI (que me tocan
en lo personal en cuanto autonomista confeso).
En razón de ello no sería
improductivo que Cayún se preguntara así mismo ¿por
qué si las tierras mapuche son inviables, son al mismo tiempo
tan apetecidas por la industria forestal, de la celulosa, la energía,
turística, y tantos otros sujetos económicos? Y, ¿por
qué muchas de esas tierras están improductivas hoy?
¿Han sido siempre improductivas? ¿No será que
la situación de improductividad se debe a la propia situación
de expoliación territorial y de tierras reduccionales a posterior,
que jibarizó las propiedades mapuche pre y pos incorporación,
llevando a los mapuche a la sobre explotación de un recursos
escaso durante todo el siglo XX? Las tierras mapuche no son pobres
porque sí, sino gracias a una historia que a llevado a su
sobre explotación. Además, las tierras mapuche no
son pobres per se, esto es, podrían ser recuperadas en condiciones
distintas a las actuales.
También, ¿por qué hoy
los mapuche son minoría en su propio territorio? Y, ¿por
qué la mayoría de los mapuche vive en Santiago? ¿No
es esa situación acaso, al revés de lo que sostiene
Cayún, la consecuencia del estatus quo que él defiende?
En otras palabras, la migración con que aterroriza a los
autonomistas ¿no es acaso un hecho hoy? ¿La diáspora
mapuche a las ciudades chilenas no es acaso uno de los jinetes apocalípticos,
que ya se han dejado caer sobre los mapuche desde la incorporación?
Sin dudas, la existencia de casi medio millón de mapuche
en Santiago no se debe a las políticas de los autonomistas
de hoy, sino a las que históricamente el estado chileno ha
aplicado para con los mapuche.
Y, respecto a ser extranjeros en su propio
país, ¿acaso los mapuche no han sido y son ciudadanos
de segunda categoría en Chile? La existencia de leyes indígenas,
incluida la presente -19.253- y gracias a la cual el director de
CONADI ha conseguido su entrada en la burocracia estatal, ¿acaso
no resumen la idea de proteger a quienes son considerados "vulnerables"
y por tanto no iguales? ¿No dedica la nueva ley el artículo
número 8 a tratar el tema de la discriminación, proponiendo
incluso figuras penales como el delito de discriminación?
¿No se hizo el artículo número 8 precisamente
porque lo mapuche son ciudadanos de segunda clase o extranjeros
en Chile? Entonces, tenemos todo el derecho a preguntarnos ¿en
que realidad vive Cayún? ¿La realidad del mundo al
revés?
No creo que haya unanimidad entre los autonomistas
en cuanto descalificar completamente el trabajo que han echo algunos
integracionistas desde CONADI. Seguramente, no pocos se resisten
a dar la bienvenidas a las 300 mil hectáreas que Cayún
nos dice que CONADI en nueve años ha traspasado a los indígenas...
en "forma ordenada". 300 mil hás. que desglosadas
en nueve años significa unas 33 mil por año o 2.777
mensuales. Pero cabe preguntarse, ¿cuántas de esas
hás. se han traspasado específicamente a los mapuche,
en consideración de que CONADI compra tierra no exclusivamente
para los mapuche sino para otras minorías también?
Y, sobre todo ¿cuál es el impacto de esas hectáreas
en la vida de los campesinos mapuche concretos que las han recibido?
¿Cuánta tierra percápita para un grupo familiar
o para un mapuche en particular? ¿Han sacado esas hás.
de la pobreza a las familias que las han recibido, en consideración
a que algunos parlamentarios de derecha han afirmado que una propiedad
agrícola viable debe al menos estar constituida por unas
100 hás.?
Muñoz Barra, para citarlo de nuevo,
en el debate parlamentario de junio de 1999 se quejaba de que traspasar
tierra sin más no saca necesariamente a los campesinos mapuche
de la pobreza. En sus palabras: "quiero exponer un hecho real.
Se les ha comprado, por ejemplo, predios en conflicto -fundos de
300 ó 400 hectáreas- a algunas comunidades. Pero -¡es
increíble!- siguen igual de pobres, aunque no más
pobres que antes. ¿Y por qué? Porque el particular
que vendió explotaba esas 300 ó 400 hectáreas
con dos tractores. Además, tenía vacas, sembradora,
esparcidora de abono; podía sembrar 200 sacos de trigos y
acceder a créditos en INDAP. A los mapuches, en verdad, les
entregaron las 400 hectáreas, ¡y punto! Y debían
arreglárselas como pudieran. No tenían semillas, abono,
créditos ni maquinarias" (Legislatura 340 Ordinaria,
Sección 6ta. 16/Jun/1999).
Es probable que CONADI haya aprendido la
lección que se desprende de la descripción de Muñoz
Barra, y a través de programas como "orígenes"
contribuya a palear un poco la pobreza mapuche. Pero, ojo con la
crítica opositora al gobierno que ya se insinúa, de
que por allí se podrían estar malgastando dineros
en salarios altos y contrataciones abultadas (25 dólares
diarios), a capacitadores en un número de 150 para unas 450
comunidades envueltas en el proyecto (E. Matthei y García
Ruminot, Diario el Gong, 21/Nov/2002), y que podrían no tener
la competencia o calificaciones requeridas ("Congelan fondos
de tierra en Conadi", Diario Austral, 31/Ago/2001 ). En otras
palabras, tras las buenas intenciones de CONADI pudiera haber una
cooptación masiva de potenciales agitadores o reformistas,
que desempleados pudieran darle más de un dolor de cabeza
al "estado de derecho", antes que realmente sacar de la
pobreza a los mapuche.
Pero con todo, la crítica y las propuestas
autonomistas no pierde fuerza a consecuencia de las inversiones
en capacitación, infraestructura o productividad para campesinos
mapuche. Ello, porque como vengo sosteniendo majaderamente en estas
líneas, la demanda de autonomía -independiente de
los métodos que usen algunos autonomistas- apunta esencialmente
a conquistar derechos políticos para los mapuche y para la
población (ex)colona del Wallmapu. Y derechos políticos
no significa asistencialismo sino empoderamiento. No significa ser
receptáculo de programas de asistencialidad, sino recuperar
poder político para decidir el desarrollo que se quiere y
el ritmo que se le quiere imprimir a ese desarrollo.
Derecho positivista versus derecho innovativo
o persuasivo
Termino este documento acotando solamente
que la visión del derecho que muestra el director de CONADI,
presupone una asunción acrítica de lo legal. En otras
palabras, en las opiniones que Cayún emite en relación
a los autonomistas, el encauzamiento de las demandas mapuche por
los conductos regulares, el estado de derecho, y a la muerte de
Lemun Saavedra se evidencia un tratamiento de lo legal, como si
se tratara de preceptos válidos que están por sobre
el ser humano. El director de CONADI muestra así una no disimulada
condescendencia con el poder, que lo hace perjudicial para las pretensiones
de justicia social mapuche.
Hace un mes atrás Cayún decía
a la prensa: "existe un ordenamiento jurídico y las
personas que se salen de él deben responder ante los tribunales"
(La Tercera 05/Oct/2002), convirtiéndose así en una
especie heraldo implacable hacia los mapuches, de un derecho a todas
luces positivista, que no deja espacio a la persuasión, el
convencimiento y a la atracción del oponente político.
Por ello, su figura se levanta a través de los medios de
comunicación como la de un tecnócrata, que ante cualquier
disturbio mapuche echa mano a su código civil o cualquier
otro paquete de leyes (sin meditar el origen como en el caso de
la "ley antiterrorista" creada por la dictadura para combatir
precisamente a sus enemigos políticos), buscando inspiración
para detener las conductas de desobediencia civil mapuche.
Los retos de un medio ambiente político
que el director de CONADI no controla, y que le exaspera porque
seguramente le arrastra y enrostra una crítica implacable
de sus jefes y de la oposición a sus jefes, hacen responder
a Cayún de una forma tan poco innovadora en materia de derecho
como persuasiva. Así, fue incapaz de emitir un juicio de
valor en relación a la muerte de Lemun, en razón del
hecho de que joven mártir recibió un impacto de bala
en la cabeza, dirigido a asesinarlo y que no se condesciende con
una política de uso de la fuerza pública para disuadir.
Tampoco ha dicho nada respecto del hecho de que en el sitio del
suceso había guardias armados de la empresa forestal afectada
por el "ilícito" (eufemismo para paramilitares).
Y se muestra ingenuo en tratar de convencer a la opinión
pública, especialmente mapuche, de que será la justicia
la que investigue, determine y resuelva si hay responsabilidad criminal
de parte de la policía en lo ocurrido (la justicia militar
más exactamente). Lo anterior, como si los mapuche y la justicia
chilena no tuvieran una historia de relaciones torcidas, que es
la misma historia de la conquista, incorporación, expoliación
y colonización que ya he mencionado. La justicia chilena,
en la situación de colonialismo interno en que viven los
mapuche, no es sino la justicia del colono para el colonizado. Quizá
por ello, las cárceles chilenas comienzan a llenarse de presos
políticos mapuche, mientras los usurpadores del patrimonio
mapuche han vivido y viven libres, tranquilos y gozan de buena salud.
Otra actitud es posible y deseable, más
en un mapuche como lo es el director de CONADI, si se tiene en mente
hacer justicia. Para ello, no perder de vista la perspectiva histórica
que ha creado la situación presente, parece ser la clave.
Junto a ello, no postergar los intereses de la nación mapuche
ante los propios. La receta no es nueva, pero si se la deja maserar
adecuadamente en el piwke y en la longko... ¡no falla!
NOTAS
1. Ver autores como Foerster, Lavanchy,
Vergara, y otros a partir de los 1990s.
2. Andrés Menard recientemente ha tratado las conexiones
entre demandas autonomistas lejanas en el tiempo (Manuel Aburto
Panguilef en los 1940s), y la de los autonomistas de los 1990s.
Pero a falta de evidencia empírica para probar su hipótesis,
este autor termina su trabajo apelando a fuerzas esotéricas
tales como "resonancias invisibles" y "fantasmas".
Por lo demás, en una tradición nacionalista chilena
de defensa implícita del estado, Menard califica a los autonomistas
como "delirantes ", sin pronunciarse sobre sus proyectos
en concreto e implícitamente rechazando sus ideas por insanas
(podríamos suponer que "lo sano" para este autor
es el "estado nación"). Ver "Manuel Aburto
Panguilef: de la república indígena al sionismo mapuche"
(2001).
3. Ver declaraciones de Heinrich von Baer y el Consejo Nacional
para la Regionalización y Descentralización de Chile
(Conarede), en Diario Austral (21/Ago/2002 y 07/Nov/2002).
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