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Reflexiones en torno a un reconocimiento
abortado
Wallmapu julio de 2002
Finalmente y tras una serie de reuniones,
seminarios, foro-debates, conferencias en vivo y un sin fin de estudios
jurídicos e históricos al respecto, la honorable Comisión
de Constitución, Legislación, Justicia y Reglamento
del Senado ha decidido no reconocer en las futuras reformas constitucionales
la existencia "legal" de nuestro pueblo. Esto al menos
se desprende de su decisión de excluir del debate de reformas
constitucionales el concepto de "pueblo" y reemplazarlo
por aquel otro de las mal llamadas "poblaciones", un concepto
difuso e inapropiado, pero que ha logrado generar un relativo consenso
entre todas las bancadas políticas participes del circo parlamentario
de los últimos meses en Valparaíso.
La decisión del Parlamento chileno
es categórica. Se rechaza la utilización del concepto
de "pueblo" y se propone un reconocimiento light del tipo
"El Estado chileno reconoce la diversidad de origen de los
chilenos que forman parte de la nación y declara su especial
preocupación por las poblaciones indígenas originarias,
a las cuales garantiza su derecho a fortalecer los rasgos esenciales
de su identidad.... En otras palabras, se le niega a los mapuche
por decreto la posibilidad de ejercer a futuro alguna clase de derechos
político-territoriales (inherentes al concepto de pueblo)
y se nos obliga por el contrario a seguir esclavizados por el asistencialismo
estatal y por las políticas de integración forzada
que los gobiernos de turno nos ofrecen a los mapuche como única
alternativa de futuro.
Sin embargo, más que lamentar lo acordado
por dicha comisión del parlamento chileno en su última
sesión especial, lo sucedido viene a traer enhorabuena un
poco de claridad en medio de un ambiente político enrarecido
por las supuestas "buenas intenciones" de algunos insignes
parlamentarios de derecha y el también supuesto "espíritu
progresista" de gran parte de sus pares miembros de la Concertación.
Ambas ingenuidades que se nos presentan hoy en su cara más
visible y patética en la figura del célebre Aukan
Huilkaman rasgando vestiduras en Temuko por el acuerdo de "caballeros"
tomado durante las pasadas elecciones parlamentarias con el entonces
candidato de la derecha Alberto Espina y que hoy denuncia haber
sido incumplido por el nada de tonto senador en ejercicio de RN.
¿Qué tipo de acuerdos son aquellos?, ¿Acaso
frenar las movilizaciones y no torpedear su campaña a cambio
de apoyo político posterior en el Parlamento?. A confesión
de partes, relevo de pruebas.
En nuestra opinión, la coyuntura generada
por este rechazo parlamentario es propicia para romper con algunos
mitos presentes y que rondan como fantasmas este tipo de iniciativas
gubernamentales. En primer lugar, aquel mito del valioso
espacio de discusión generado en la Comisión respecto
de la situación de nuestro pueblo. En segundo lugar, el también
recurrente mito de la destacada voluntad política
manifestada por el gobierno al posicionar en el ámbito parlamentario
la discusión sobre tan importante materia. Y finalmente,
aquel mito que dice relación con lo relevante
que significaría para la lucha de nuestro pueblo un reconocimiento
constitucional de tales características.
El mito del espacio de discusión
y debate
Este mito debe ser uno de los más
comunes de escuchar en boca de nuestros dirigentes a la hora de
justificar su participación en dicha instancia. El
espacio de discusión abierto en el parlamento ha sido un
hecho histórico, un avance para nuestra lucha y pone en evidencia
una "apertura política" de la clase dirigente que
no debemos desaprovechar, es más o menos el argumento
típico. Aun mantengo en mi memoria las opiniones auspiciantes
y optimistas al respecto de conocidos y destacados dirigentes del
movimiento mapuche, así como también la voz menos
publicitada de numerosos dirigentes locales, seudo líderes
la mayoría de minúsculas asociaciones comunales y
cuyos radares de alerta temprana del oportunismo les indicaron que
su momento de sentarse en la mesa de los elegidos por fin había
llegado.
Si bien debemos reconocer que la iniciativa
gubernamental de reformas constitucionales ha generado en el Parlamento
un intenso debate histórico, político y jurídico
respecto de la situación de nuestro pueblo frente al Estado
chileno, también es bueno reconocer que ha dichos debates
sólo han sido invitados a exponer su opinión especialistas
huinkas en la temática indígena, en su gran mayoría
académicos convertidos de la noche a la mañana en
prominentes mapuchólogos, y uno que otro dirigente mapuche
poco relevante y desvinculado por lo general del proceso de lucha
que se desarrolla al interior de nuestro territorio. En los hechos,
se ha tratado de un debate más academicista que político,
actuando en este caso los dirigentes mapuche invitados como simples
"objetos" de estudio para una entusiasta corte de antropólogos,
historiadores, abogados y cientistas políticos capitalinos.
Algo similar a lo que acontece con la hoy desperfilada Comisión
de Verdad Histórica y Nuevo Trato, que preside desde hace
más de un año el ex mandatario Patricio Aylwin.
En contraste, ha brillado por su ausencia
en el Parlamento la opinión informada y eminentemente política
de los dirigentes del movimiento mapuche de resistencia, las opiniones
de aquellos líderes de nuestro pueblo más distanciados
de los partidos políticos chilenos y de la política
indigenista del gobierno y que a través de la lucha directa
contra el Estado, sus instituciones y las empresas transnacionales
han ido configurando poco a poco un escenario político propicio
para una reivindicación mapuche por nuestros derechos políticos
colectivos. Es decir, por el derecho de poseer un territorio, el
derecho de autodeterminarnos como pueblo y el derecho a ejercer
dicha categoría por medio de una de sus expresiones políticas
concretas: la Autonomía.
Al igual que en otras ocasiones, la voz de
aquellos legítimos representantes de los intereses de nuestro
pueblo no cuenta para los intereses del gobierno ni para los intereses
de una derecha patronal y discriminatoria encabezada por la UDI.
Es más, se la silencia en forma cotidiana tanto en las esferas
de la high policy como al interior de las propias zonas de conflicto
territorial, a punta de operativos policiales, allanamientos nocturnos,
persecuciones judiciales y encarcelamientos arbitrarios, tal como
lo demuestran los crecientes listados de presos políticos
mapuches procesados, condenados y perseguidos por los tribunales
de justicia publicados en el último tiempo.
Un punto aparte merece sin duda la participación
activa y destacada por las propias autoridades- que tuvieron
en varias sesiones de trabajo de la comisión los propios
usurpadores del territorio de nuestras comunidades, agricultores
y empresarios de apellido europeo y sin escrúpulos que por
obra y gracia del discurso gubernamental se transformaron de la
noche a la mañana en inocentes víctimas
de la violencia terrorista que grupos mapuches radicalizados
estarían tratando de imponer como única vía
de solución al conflicto en la zona sur del país.
Costaba creerlo, pero allí en el Parlamento
y debatiendo los intereses de nuestro pueblo podíamos ver
a los Lichtenberg Rilling, los Stappung Luchsinger, los Luchsinger
Villger, los Magofke Garbarini, los Carvajal Rondanelli, los Jequier
Ascharlchli y los Subiabre Risso, todos ellos dignos herederos de
la pujanza y el sacrificio de otros célebres próceres
de la colonización de nuestro territorio como Cornelio Saavedra,
José Bunster, Teodoro Schmidt y Hernán Trizano, entre
muchos otros. Solo faltaban los Matte Larrain y los Angelini Fabbri,
sin duda peces demasiado gordos como para nadar con tranquilidad
en los reducidos espacios disponibles de la pecera parlamentaria.
Con ese nivel de participantes, el mito aquel
del valioso debate producido en el Parlamento cae sin duda por su
propio peso, sin mencionar todavía la duda que nos cabe a
muchos de que sean estas comisiones de tercer nivel las instancias
más adecuadas para generar una discusión que atañe
en último caso a la sociedad chilena en su conjunto y en
primer lugar a los propios mapuche.
El mito de la voluntad política
Otro de los mitos recurrentes a la hora de
analizar instancias como la discusión parlamentaria sobre
el reconocimiento constitucional, dice relación con la destacada
voluntad política manifestada supuestamente por el gobierno
de turno. Y al igual que el mito anterior, sirve este como justificación
oficial para todos aquellos dirigentes mapuche que sólo como
una muestra de responsabilidad política y no
como una acción de oportunismo político
aceptan participar de este tipo de reuniones.
La verdad es que voluntad política
es lo menos que ha demostrado el gobierno de Ricardo Lagos y
porqué no decir los sucesivos gobiernos de la Concertación-
a la hora de enfrentar el conflicto político-étnico
que se desarrolla en la zona sur del río Bio-Bio. Aplicación
de leyes políticas altamente restrictivas de los derechos
de nuestros militantes - como la Ley de Seguridad Interior del Estado
y la Ley Antiterrorista -; militarización de vastas zonas
de territorio a través de la instalación de cuarteles
policiales temporales; negativa a dialogar públicamente con
aquellos sectores catalogados eufemísticamente como conflictivos;
compromiso directo con los planes de invasión (perdón,
quise escribir inversión) de grandes conglomerados multinacionales
como Endesa España, por ejemplo, son solo algunos casos donde
la destacada voluntad política del gobierno de
Ricardo Lagos a quedado de manifiesto ante nuestros ojos.
En el caso del reconocimiento constitucional,
todos los intentos del gobierno chileno por impulsar su discusión
parlamentaria han sido motivados por coyunturas determinadas y propósitos
distintos que distan mucho de una supuesta voluntad política
favorable a los intereses de nuestro pueblo: Primero, el año
1992 durante el mandato de Patricio Aylwin para colocarse a la altura
internacional de las conmemoraciones de los "500 Años"
del redescubrimiento de América; segundo, durante el mandato
de Eduardo Frei para frenar la fuerte movilización mapuche
iniciada en diciembre del año 1997 en Lumako; y ahora para
darle una mayor contundencia al discurso del "Nuevo Trato"
que el gobierno de Ricardo Lagos nos pretende ofrecer como alternativa
al escenario de movilizaciones que ya se prolonga en diversas zonas
del Wallmapu por más de cuatro años.
Todos estos intentos -con los matices mencionados
y tal como lo señalaran en su oportunidad distintos referentes
de nuestro pueblo- han sido concebidos dentro de un mismo marco
político-estratégico: desmovilizar a las organizaciones
y comunidades involucradas en procesos de lucha, y generar la división
al interior del movimiento mapuche a través de la apertura
de espacios de participación política para determinadas
organizaciones o caudillos. Todo esto con el objetivo final de mantener
inalterable tanto sus políticas colonialistas de Estado,
como sus políticas macroeconómicas de gobierno y que
tienen al territorio mapuche como campo de ación para gran
parte de sus futuras inversiones y proyectos.
El mito de la importancia del reconocimiento
Finalmente nos encontramos con el mito de
la supuesta importancia que tendría para los mapuche un reconocimiento
constitucional como pueblo en la Carta Fundamental.
Si bien es oportuno reconocer que una medida en tal sentido, más
aún si se enmarca en una futura ratificación del Convenio
169 de la OIT, conllevaría un incremento sustancial de la
participación de los mapuche en la toma de decisiones respecto
de las políticas públicas e incluso en aquellos temas
referidos a las inversiones privadas en nuestro territorio, apostar
por mayores grados formales de libertad política al interior
del estado es pecar nuevamente de ingenuidad.
Tanto aquel fallido intento de reconocimiento
prometido por el Presidente Patricio Aylwin el año 1989 en
el Acuerdo de Nueva Imperial, como los otros dos que le han sucedido
se han limitado a los estrechos márgenes de un mismo proyecto
político-estratégico: la mantención de la sacrosanta
integridad territorial del Estado-nacional chileno. En ese sentido
se han enmarcado todos los fallidos intentos de reconocimiento constitucional,
los cuales si bien aspiran a reconocer legalmente nuestra existencia
como pueblo, se aseguran de mantener a raya cualquier otra aspiración
política que signifique colocar en riesgo la integridad del
Estado y, por ende, los intereses de todo orden que se han ido consolidando
al interior de nuestro maltratado territorio.
Es decir, se trataría de un reconocimiento
como pueblo de segundo orden, probablemente descrito en el texto
de la ley como un grupo minoritario de "indígenas"
fieles representantes de la diversidad de la "nación
chilena", o a lo más una comunidad cultural específica,
objeto de asistencia y protección, pero carente de derechos
políticos y territoriales colectivos. Un reconocimiento,
en definitiva, castrado de sus componentes políticos principales
y que tiene como máximo antecedente directo lo acontecido
con los pueblos indígenas en la vecina República Argentina,
estado que si bien reconoce en su Carta Fundamental desde el año
1994 la existencia de dichas colectividades en su territorio incluido
los mapuche del Puelmapu, por cierto- ha logrado mantener hasta
la fecha de manera inalterable sus
políticas económicas y sociales de asimilación
forzada y reducción territorial. Políticas, que duda
cabe, etnocentricas en su enfoque y etnocidas en sus fines.
Sino, ¿cómo entender que incluso
la propuesta gubernamental chilena de reconocimiento haya sido enviada
con la salvedad clara de que el concepto de "Pueblo" utilizado
no podía ser interpretado como titular de soberanía
política, principio fundamentado en la aclaración
contenida en el Convenio 169 de la OIT, otro instrumento aprobado
por las autoridades argentinas hace ya varios años? . ¿Será
acaso porque la utilización de dicho concepto en el derecho
internacional otorga a quienes lo poseen el derecho de "autodeterminarse,
que no es otra cosa que el derecho que le asiste a una colectividad
de poder definir su futuro político de manera independiente
y soberana?. Preguntas interesantes y cuyas respuestas sin duda
deben resultar muy reveladoras de las verdaderas intenciones del
ejecutivo chileno.
Argumentar que un probable reconocimiento
constitucional -e incluso aquella prometida ratificación
del Convenio 169 de la OIT- represente un avance sustancial
en la lucha de los mapuche por su liberación nacional, es
una sobrevaloración desde todo punto de vista objetable.
¿Qué tanta importancia puede tener para la lucha de
nuestro pueblo un reconocimiento de derechos socioculturales y económicos,
si no se disponen de los instrumentos e instituciones políticas
para hacerlos efectivos en la práctica?. Este punto es de
enorme trascendencia, pues difícilmente nuestro pueblo podrá
ejercer de manera cabal tales derechos en tanto el Estado chileno
le siga negando el autogobierno, las instituciones, las competencias
y la jurisdicción territorial que implica un régimen
de autonomía.
Por otro lado, esta sobrevaloración
significa además equivocar el diagnóstico de la situación
de opresión que vivimos hoy en día los mapuche como
pueblo frente al Estado chileno. Es desconocer completamente como
funciona la maquinaria colonialista de los estado-nacionales a la
hora de enfrentar los conatos de sublevación que sus minorías
oprimidas estrenan con mayor o menor intensidad en determinados
periodos de su triste historia patria. ¿O es que acaso las
estrategias implementadas por el estado para neutralizar las movilizaciones
y demandas mapuche distan mucho de las prácticas implementadas
en sus inicios por los estados de Israel o Turquía para enfrentar
el problema palestino o kurdo, respectivamente?. A riesgo
de parecer alarmista, considero que las similitudes se hacen cada
día más evidentes.
Embarcar al movimiento mapuche autónomo
en un plataforma reivindicativa que tenga como eje principal la
exigencia al Estado del reconocimiento constitucional e incluso
la ratificación del Convenio 169, puede que constituya a
luz de lo expuesto un error político de consecuencias impredecibles.
La pregunta que surge de inmediato pareciera ser la siguiente: ¿Somos
los mapuche un pueblo sin más, depositario de
soberanía política y por tanto con derecho a la autodeterminación
como otros pueblos y naciones del mundo como los kurdos, los vascos,
los palestinos e incluso los saharauis?, o bien ¿un pueblo
"indígena", carente de derechos políticos
colectivos y tratado de forma diferenciada en un sin fin de Declaraciones
y Convenios especiales como los quechua, los yanomami, los aymarás
o los sioux?. Son preguntas que sin duda urgen al movimiento autónomo
debatir y resolver.
Es de esperar que el rechazo del Parlamento
chileno al reconocimiento de los mapuches como pueblo cambiándolo
por aquel otro de población- permita oxigenar el aire y aterrizar
el discurso de muchos dirigentes mapuche afiebrados hasta ahora
con el discurso laguista del nuevo trato. La dignidad de nuestro
pueblo y el legado de todos aquellos presos políticos recluidos
hoy en día en los penales de Cañete, Angol, Traiguén,
Victoria, Nueva Imperial y Temuko nos exige a cada uno de nosotros
reflexionar sobre estos temas y obrar en dicho sentido.
Por Pedro Cayuqueo
Director Resistencia Mapuche
RESISTENCIA MAPUCHE
resistenciamapuche@hotmail.com
http://www10.brinkster.com/mapuche
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